Una esperanza capaz de hacer historia

Una de las frases más hermosas que uno encuentra en la Evangelii gaudium del Papa Francisco, al menos a mi juicio, aparece bien entrados en el texto. Como toda frase que nos toca, es ambigua y profunda. En el numeral 181, el Papa escribe: “La verdadera esperanza cristiana […] siempre genera historia”. ¿Pero qué significa “generar historia” y cuál es la naturaleza de la “esperanza cristiana”? Evidentemente hay muchas maneras de leer esto. Me gustaría proponerles una a manera de breve reflexión sobre dos profundamente poderosos acontecimientos recientes: los asesinatos en Charleston, EEUU, y la decisión de la Corte Suprema del mismo país según la cual el matrimonio entre parejas del mismo sexo es un derecho inalienable en todo el país y ya no más una potestad de los estados.

La esperanza es siempre una cuestión compleja. Ella indudablemente requiere fe. La fe puede ser religiosa o no. En el caso del cristiano se trata en efecto de una fe religiosa y de una que tiene a Cristo y al reino que él proclama en el centro. De hecho, la frase que he citado dice en la línea que omití “esperanza cristiana, que busca el Reino escatológico, ..”. La esperanza, cristiana o no, se encuentra siempre a la expectativa de algo por venir. Aquella de raíz cristiana, sin embargo, espera el reino; el reino que viene en el final del tiempo (escathon). ¿Pero qué es lo que define al Reino? Esta es, por supuesto, una cuestión de debate teológico que no me interesa de momento. Una lectura básica del texto bíblico, base de la fe de los cristianos, no da mucho espacio para las dudas: el cristiano se encuentra a la espera de un reino de paz, de amor, de justicia. En suma, se encuentra a la espera de la llegada del Reino de Dios. Así los profetizaba Isaías claramente y así lo deja claro Jesús cuando lee Isaías 61 en el templo: el Reino de Dios es un acontecimiento, no un lugar; el el acontecimiento del año de gracia del Señor. Lo más interesante, no obstante, es que si uno presta atención al texto nota que la gracia del Señor es su justicia: buenas noticias para los pobres, sanación para el corazón herido, libertad para los cautivos, consuelo para los afligidos (Is. 61: 1-3). Ignacio Ellacuría lo dice bellamente en un largo ensayo titulado “Fe y justicia”: la manifestación histórica del amor de Dios es su justicia.

Pero esto nos lleva a la segunda parte, quizá la más enigmática, de mi referencia a la Evangelii gaudium: el hacer historia. Las observaciones que acabo de ofrecer, sin embargo, pueden ayudarnos a esclarecer lo que el Papa nos dice y, así, conectarnos con los acontecimientos que estimulan este breve post. Si la esperanza es una esperanza en un Reino de amor y de justicia y si el amor se ha de manifestar en la historia como la búsqueda permanente de justicia en un mundo que la experimenta tan pocas veces; creo que es justo pensar que “hacer historia” significa encarnar el amor en la historia, esto es, hacer que se materialice la justicia entre nosotros. Paulo Freire lo decía con gran agudeza en otro contexto: una verdadera transformación, una que acabe con la opresión en la que tantos viven, solo es posible como un acto de amor. Esto, por supuesto, requiere esperanza. Una esperanza, como decía San Pablo, contra toda esperanza; una esperanza que casi casi se encuentra al borde del absurdo pues lo que vemos casi todo el tiempo son acontecimientos que enmudecen nuestra voz y aniquilan nuestra esperanza.

Pero hay días que nos devuelven la esperanza y que nos hacen pensar que el amor trasciende las incontables injusticias que vemos todos los días. Ayer la Corte Suprema de los EEUU hizo historia, esa historia que es la consecuencia de la verdadera esperanza (cristiana o no). Y esto hay que verlo en perspectiva histórica, de hecho. La lucha de la comunidad LGTB ha sido larga y tenaz en los EEUU. Ella ha costado muchas vidas, muchos maltratos físicos, psicológicos, estructurales. Muchos murieron en el camino sin poder siquiera anticipar lo que pasó ayer; quizá muchos de ellos murieron sin esperanza. Ayer, sin embargo, la esperanza hizo historia, esto es, se encarnó como un amor que es a la vez justicia. Al menos eso es lo que pienso cuando veo en las redes sociales el #Lovewins: ganó el amor porque en un mundo donde no abunda la justicia, el amor se manifiesta precisamente como un re-establecimiento de aquello que se ha perdido. En este caso, lo que se había perdido es la capacidad de ver que el amor es una cuestión de libertad, de entregarse al otro profundamente, arriesgadamente, quizá permanentemente. Para que ganara el amor, no obstante, tocaba re-establecer la justicia que permite amar. Ayer la Corte Suprema hizo historia haciendo precisamente eso. Es un día para celebrar.

Existen eventos trágicos, en contraparte, que nos muestran el rol de la esperanza en su naturaleza indescriptible, en su forma más extrema. Eso es lo que vimos en Charleston. Cuando Dylaan Roof, un muchacho de tan solo 20 años, asesinó brutalmente a esa comunidad de lectura de la Biblia (mientras, precisamente, hacía eso, leer la Biblia) uno solo puede hacerse preguntas por el sentido de ser-humano y sentir que tener esperanza es una cuestión irracional o al menos inconducente. Y luego, un día o dos después de este trágico acontecimiento, cuando los familiares de las víctimas fueron entrevistados por la prensa, uno no puede sino quedarse sin palabras: “nunca podré abrazarla de nuevo, pero te perdono” sostuvo la hija de una de las víctimas dirigiéndose a quien la asesinara; “no hay lugar para el odio, tenemos que perdonar”, dijo una hermana; “hago oración por tu alma”, afirmó otro de los familiares pensado en el victimario. Por supuesto, siempre podemos ser cínicos y sugerir que estas personas no sienten lo que dicen, que lo hacen porque se trata de declaraciones públicas. O, como un muy querido y bien intencionado amigo dijo por allí, al menos deberíamos considerar que estos son sentimientos prematuros y que lo que estas personas deben hacer es darse tiempo para procesar lo que ha pasado.

Todo esto es posible; mas la otra opción lo es también: quizá en efecto ellas le ofrecen al asesino el don de su perdón. Y el don, como bien ha dicho Jean-Luc Marion es pura gratuidad, excede el orden de las causas. Quizá lo que ellos han hecho es ofrecer el puro donarse de su perdón, como un regalo, como un don que no nos toca comprender, sino aceptar, abrazar, como un don para nosotros también: el don de ver la esperanza actuando en medio del dolor, la miseria y la injusticia.

Seamos cuidadosos, sin embargo, porque el lector apresurado podría pensar que este segundo ejemplo se olvida de la importancia del amor que reestablece la justicia: Dylann Roof merece ir a la cárcel porque hizo algo innombrable y porque es un peligro para la sociedad. Y, dicho esto, sin merecerlo, ha recibido el perdón de a quienes más daño hizo. El don del perdón, que es otra forma de hacer historia, es, pues, siempre inmerecido. Amor y justicia son una unidad y ofrecer el don del perdón en medio de la injusticia es otra forma de hacer este mundo un poco mejor, un poco más justo, un poco más lleno de esperanza en que las cosas no son tan horrendas incluso cuando lo son. Ese don es una gracia impresionante, que nos deja perplejos. Así lo interpretó el Presidente Obama también, cuando entonó Amazing Grace al final de su discurso en honor de las víctimas de Charleston.

En estos días cuando parece que el sol sale y se oculta a la vez, toca tener esperanza. No sé si los motivos nos sobran, pero tenemos aquí dos muy distintos y muy poderosos. Que se avive nuestra esperanza y que ella, si es verdadera, nos anime a hacer historia.

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