Hacer del sufrimiento una vocación

Ayer leí un texto muy interesante y conmovedor en el que se entrevista al gran comediante Stephen Colbert y que avivó en mi memoria una conversación que tuve hace un par de meses con un amigo y una profesora en EEUU. El punto de contacto es tratar de pensar y entender el sufrimiento. Ambas experiencias provocaron en mí algunas reflexiones que me gustaría compartir con ustedes.

El sufrimiento, por supuesto, tiene causas diversas. Algunas son claramente identificables: una persona maltrata a otra, un grupo se esmera en discriminar a otro, un sistema político margina a ciertos grupos de ciudadanos, un gobierno masacra y desaparece a personas que se le oponen, etc. Muchas veces el sufrimiento tiene causas claras y los culpables deben asumir su responsabilidad o ser sancionados. Pero hay formas de sufrimiento cuyas causas son menos claras y, quizá, inescrutables: enfermedades que se llevan a gente que amamos, desastres naturales donde la intervención humana no parece tan clara, heridas psicológicas que no parecen proporcionales con sus eventuales “causas”, etc.

Conversando sobre estos temas, la profesora a la que refiero dijo algo muy hermoso que marcó tanto a mi amigo como a mí: “a veces –dijo– hay que hacer del sufrimiento una vocación”. Ella, inteligente y cauta, por supuesto, añadió matices: no se trata con esto de una pasividad cómplice que permite que las cosas pasen sin tratar de transformarlas…especialmente cuando el sufrimiento tiene causas identificables y afectan a los más débiles en la sociedad. Sin embargo, como he señalado ya, hay otras formas de sufrimiento que simplemente nos exceden y contra las cuales no es mucho lo que se puede hacer: no pueden evitarse, no puede ya volverse atrás.

En esos contextos, nos decía esta profesora citando a un amigo suyo con un cáncer que lo estaba devastando y que terminaría con su vida pronto, el sufrimiento puede volverse una vocación. Me gustaría reflexionar un poco en relación a esta idea.

Una vocación supone, en cierto sentido, algo exterior a nosotros que hacemos nuestro. Es un llamado (de ahí el carácter “vocativo” de la vocación) a ser algo que nosotros asumimos como nuestro. Pero en el caso del sufrimiento, evidentemente, la cosa tiene notas particulares pues no es fácil pensar que somos llamados a sufrir como alguien puede sentir un llamado para ser médico o artista. Y, sin embargo, el sufrimiento es real y está allí todo el tiempo cerca de nosotros o en nosotros .

En situaciones de ese tipo, el sufrimiento puede transformarse en una vocación, puede ser un llamado que se posa en nosotros y que puede transformarnos también. El sufrimiento puede ser asumido como una realidad que consume mucho de nuestra vida o toda ella, pero puede hacerlo de un modo redentor, de un modo que puede hacernos mejores seres humanos. Puede matarnos, como sucederá con el cáncer de la persona a la que hice referencia; pero puede darnos vida también. Este tipo de aproximación ciertamente cobra gran fuerza cuando se le ve en clave religiosa, particularmente en el contexto del judaísmo y el cristianismo; pero no queda limitada a estas religiones o a ninguna.

Uno no tiene que asumir que existe un Dios que nos llama a hacer del sufrimiento una vocación transformadora. El sufrimiento es una realidad ineluctable y ante ella, con Dios o sin Dios, toca tomar posición. Uno puede dejar que el sufrimiento nos consuma y nos quite toda alegría y toda capacidad de dar amor o uno puede en el sufrimiento entrar en solidaridad con otros que también lo padecen, comprender dolores que uno no comprendió antes, abrirse a misterios de la vida que era difícil entender previamente.

El sufrimiento, en efecto, puede hacerse una vocación que transforme nuestra vida, incluso cuando esta se acerca ya a la muerte. Es una paradoja extraordinaria, como muchas otras que nos revelan misterios sobre el sentido de ser humano y el posible significado de ser parte de esta historia que nos precede y excederá.

Pero quizá más importante que la verdad que esta idea puede revelar es ver al  sufrimiento como un misterio que nos excede. Que esta reflexión jamás se interprete, entonces, como un juicio de valor sobre aquellos que no tienen la fuerza para hacer del sufrimiento una vocación transformadora. Solo quien sufre puede saber la intensidad de lo que padece y hay sufrimientos que lo devastan todo. Veamos siempre el sufrimiento con compasión y pongamos nuestra fuerza, incluso en medio del sufrimiento propio, para tratar de hacer la vida de los demás un poquito mejor, un poquito más feliz, un poquito más llena de amor.

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