Brindarle belleza al mundo

En las últimas semanas he tenido el gusto de asistir a varios conciertos, obras de teatro y otras formas de manifestación artística. He tratado de hacerlo siempre, pero creo que el promedio ha aumentado significativamente desde el inicio del nuevo año. Las razones no son particularmente interesantes: la Universidad de Chicago promociona decenas de eventos artísiticos todo el tiempo y esta vez tuve el buen tino de ponerlos en mi calendario.

Escribo esta nota, sin embargo, no para alardear de mi tiempo libre o de las oportunidades que esta gran universidad brinda, sino para recordar una anécdota. Un amigo y profesor en la Universidad Notre Dame me contó una vez sobre una conmovedora conversación que tuvo con un importante teólogo de la liberación en Centro América. Este profesor trabaja en teología de la liberación y por muchos años llevó grupos de estudiantes a esta región, de ahí el contacto.

Un día, conversando con este teólogo, el diálogo devino en algunos comentarios al paso sobre la orquesta sinfónica del país en el que se encontraban. El teólogo, conocedor de música clásica, fue cauto al no compararla con la de Nueva York, Chicago, o alguna de las famosas orquestas europeas y, sin embargo, se mantuvo entusiasta respecto de su talento. Su interlocutor lo escuchaba asombrado, mientras el teólogo explicaba las razones de su gozo al ir a los conciertos. Pronto el teólogo detectó cierta mirada de confusión y sorpresa en mi amigo. Él supo leer sus gestos con precisión. “Te estarás preguntando” –le dijo– “cómo es posible que un teólogo de la liberación, supuestamente comprometido con los pobres, tenga este tipo de gustos tan refinados y distantes de los de las clases populares” (esta, por supuesto, no es una cita perfecta). Y claro, eso es lo que pululaba en la mente de este profesor. ¿No es acaso una orquesta sinfónica un signo patente de privilegio, diferencia de clase, etc.? Nunca podré olvidar la respuesta del teólogo.

Ante la sorpresa de mi amigo, el amante de la música clásica le ofreció una reflexión breve pero profunda respecto del sentido de la liberación y del mundo de la pobreza. Así, le dijo a mi amigo: “Entiendo tu preocupación, pero quizá es mejor ver el asunto de otro modo. Quizá lo que conviene examinar no es si la orquesta supone diferencias de clase o elitismo, sino lo que ella es capaz de brindar a quien la escucha. Yo creo que toda forma de brindar belleza al mundo es una forma de brindar liberación. ¿No es acaso eso lo que buscan las luchas por la liberación? ¿Brindar paz, gozo, alegría, a la gente? Nunca debemos subestimar el poder transformador de la belleza. Cuando algo bello y puro entra en nuestro mundo, el mundo se hace un poquito mejor, un poquito menos cruel, menos duro” (nuevamente, esta no es pretende ser una reconstrucción exacta de la conversación).

En los últimos meses he estado estudiando la teología de la liberación desde una perspectiva distinta, a saber, como un movimiento social. Tal enfoque provee numerosas ventajas. Una de ellas, no obstante, salta a la vista: leer a los teólogos es muy diferente de examinar las experiencias de la gente viviendo en el mundo de la pobreza. Las razones son obvias: por más comprometidos con los pobres que los teólogos y teólogas puedan estar, siempre hay cierta distancia cuando se hace el trabajo teológico. Además, como siempre recuerda Gutiérrez, el mundo del pobre es un mundo que nunca conocemos del todo si es que no hemos nacido en él. Esta pequeña digresión me permite regresar al punto anterior.

En mis estudios recientes, precisamente, pude encontrar la confirmación de aquella reflexión sobre la música a la que hice referencia más arriba. Muchas veces los intelectuales (y aquí no me refiero fundamentalmente a los teólogos de la liberación, aunque esto le aplica a algunos también) comprometidos con la justicia social y cambios estructurales olvidamos la importancia de cosas tan sencillas como la belleza. Las luchas por la liberación pueden ser extenuantes; pueden dejarnos sin energía. Más aún, esto se muestra con mayor radicalidad cuando las luchas emergen desde el corazón del mundo de la pobreza. Para muchos de nosotros, que no vivimos ni nacimos en ese contexto, hablar de cambios y de luchas puede ser sencillo; pero cuando a penas hay energía para trabajar y buscar pan para nuestros hijos, las cosas se muestran muy distintas. Parte del éxito del movimiento pentecostal en América Latina tiene que ver con eso, todo lo indica: haber traído a la región cambios más pequeños, transformaciones más tangibles. Algunas de ellas tienen que ver con dejar de beber, parar el abuso en el hogar, etc. Otras, sin embargo, tienen que ver con la belleza de cantar en la iglesia, de bailar cuando se celebra el misterio de Cristo, etc.

Después de algo de tiempo y de algo de sospecha respecto del movimiento pentecostal, creo que hoy lo entiendo mucho mejor. Eso, por supuesto, no supone dejar de lado las luchas por la liberación y la importancia del problema estructural. Muchos pentecostales lo saben también. Mi punto es aquel de la conversación. No puede haber verdadera liberación si no se brinda algo de belleza al mundo; sin la alegría de celebrar la fe, sin el gozo de escuchar una pieza musical que nos estremece y nos llena de profundidad, quizá de verdad. O, visto desde el lado opuesto, la liberación no llega a nosotros sin es que no es posible aligerar la carga y, en vez de estremecimiento y profundidad, la belleza de la música y la danza nos hace más livianos y aminora el dolor de los problemas que nos acechan. Esos pequeños momentos de gozo, cuando la belleza entra a nuestro mundo, son fuentes de energía para las batallas por venir. Más aún, si luchar por la liberación es, en el fondo, luchar por el advenimiento del Reino de Dios, un reino donde priman la paz y la justicia; se me hace difícil pensar en él de un modo distinto al de un reino donde prime la experiencia de gozo que trae la contemplación de lo bello.

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