Cipriani y los escaparates de la catolicidad

Hace poco el cardenal Juan Luis Cipriani tuvo, una vez más, una infeliz intervención pública. Todos saben de lo que hablo, así que mucho no compete añadir. Lo que quizá sí cabe decir es que esto se trata de un problema sistemático en la historia de vida pública del cardenal. Aunque las disculpas se han dado hasta dos veces, ellas hacen pensar que sus expresiones no fueron un error, sino parte de una mirada del ser humano, de la mujer y de la sexualidad que no sólo no debemos compartir, sino firmemente combatir.

Pero mi punto va en otra dirección esta vez y está motivado por un par de conversaciones que tuve en las últimas dos semanas en relación al sentido de la catolicidad. Algunas personas, por ejemplo, se tomaron fotos en Facebook mandando a la mierda (literalmente) al cardenal por sus declaraciones, junto a hashtags que sostenían que Cipriani no los representa. Es aquí donde aparece la confusión y, muchas veces, el error conceptual. ¿No se supone que, de facto, Cipriani representa a todos los que se denominan católicos en el Perú? ¿Al menos a los católicos limeños? El cardenal, una vez más, genera una crisis en la fe de muchos.

Sobre este tema he publicado aquí y en otros medios varios textos, pero brevemente quisiera resumir mi posición. Ella, quisiera ser explícito, proviene de una postura personal, pero es también el resultado de años de estudio sobre esta materia. Lo hago notar no para presumir de autoridad, sino para evitar ser descalificado de plano simplemente por discrepar de la postura oficial: hay aquí suficientes recursos teológicos para mantener una posición distinta y para defenderla.  Que sea esta, entonces, también una invitación para la conversación alturada si es que alguna persona está en desacuerdo con lo que sigue.

Mi posición es esta: el catolicismo no debe ser medido prioritariamente desde una perspectiva teológica oficial, sino desde una mirada sociológica. O, para jugar con la infeliz imagen del cardenal, los escaparates del catolicismo no lo exhiben con propiedad cuando se mira con ojos de teólogo oficial, sino cuando se presta atención a cómo vive la gente su fe. La razón es muy sencilla y la evidencia es abundante: si ser católico significase vivir alineado con la integridad de las prescripciones morales y doctrinales que propone Roma, el número de católicos sería minúsculo. La (para algunos) dura realidad es que católico es quien así se autodenomina. Punto. Es muy raro el caso de que alguien se atribuya a sí misma una etiqueta tan pesada como esa sin tener idea de sus implicancias. Luego, la auto-definición aquí es el criterio fundamental.

Ahora, obviamente, los contornos de tal denominación han sido establecidos por una larga tradición que tiene marcas teológicas fundamentales. Por ejemplo, es difícil concebir un católico o católica en completa ruptura con Roma (aunque algunos objetarán); es muy complicado identificar a un católico o católica que rechaza totalmente el rol mediador de la virgen María; levanta sospecha un católico o católica que acepta el aborto indiscriminado sin ningún tipo de matiz; genera curiosidad el católico o la católica que no tiene ningún respeto por la autoridad del Magisterio; etc. Si se nota, sin embargo, todos mis ejemplos aquí han marcado casos extremos y lo han hecho adrede: “completa ruptura”, “rechaza totalmente”, “sin ningún tipo de matiz”, “ningún respeto”. El punto es sencillo, me parece. El catolicismo, como toda tradición, tiene algunos márgenes generales, mas ellos son siempre flexibles y dan espacio para los matices y la pluralidad. Así, una buena católica puede reconocer la autoridad general de Roma, pero estar en desacuerdo respecto de ésta o aquélla postura del Papa; puede orar con María, pero tener dudas respecto del rol de su mediación; oponerse al aborto en general, pero dejar ciertos márgenes para la excepción; aceptar la autoridad del Magisterio como principio, pero discrepar respecto de ciertos temas, siendo los del manejo de la sexualidad los más típicos. 

Este es un artículo de divulgación y no estoy entrando aquí en los detalles. Quien esté interesado, puede revisar algunos de mis libros (citados en la sección del autor) y textos más cortos (sugiero, en particular, “Una hermenéutica de la diversidad”, Bogotá, 2015) o simplemente contactarme y discutir la cuestión. Lo que me interesa infundir en estas líneas es un poco de calma al católico o católica que se angustia al sentir que esta tradición ha formado su identidad y su forma de discernir el mundo y que, sin embargo, al tener a un “representante oficial” tan incapaz como el cardenal siente que no queda más opción que la ruptura con la institución y con la tradición. Lejos me encuentro yo de ser un apologeta ciego del catolicismo, pero sí me gustaría decirles que la religión católica fue y será siempre una religión plural. Dentro de ciertos márgenes generales, siempre hubo y siempre habrá espacio para la diversidad. Diversidad no es herejía; diversidad no es amenaza. La diversidad está en el corazón de la tradición cristiana y es lo que le ha dado su riqueza. Ella nos ha dado santos como Tomás de Aquino y Buenaventura o como Francisco y Clara de Asís o Ignacio de Loyola, como Teresa de Calcuta, Monseñor Romero o Dorothy Day. Cuando les quieran vender la historia de una Iglesia uniforme donde la diversidad se etiqueta como pecado, respondan con la historia de la iglesia que sus críticos siempre desconocen. Los más nobles tienen miedo a reconocer la diversidad por temor a equivocarse explorando otras opciones. A ellos hay que respetarlos y con ellos toca conversar para persuadirlos. Los menos nobles tienen menos temor y más ganas de imponerse sobre los otros. A esos, con respeto también, hay que invitarlos a conversar, pero cuando esa posibilidad se agota, hay que combatirlos con vigor.

El cardenal se ha disculpado y toca aceptar sus disculpas. Sus ideas, sin embargo, quedan. Quedan porque hacen daño y quedan porque reflejan las de muchos. En efecto, ni a mí ni a muchos de ustedes Cipriani nos representa. Lo bueno es que ustedes y yo podemos representarnos a nosotros mismos y hablar con viva voz de los temas que nos preocupan y denunciarlos cuando corresponda. Podemos, además, encontrar interlocutores y representantes más lúcidos dentro de una iglesia que tiene muchas posibilidades y donde el cardenal, cada vez más, se convierte en una voz aislada. Resignifiquemos, pues, la infeliz expresión del cardenal y hagamos del catolicismo un escaparate de su diversidad, exhibiendo otras formas de vivir esta fe que distan de aquellas reflejadas en la trayectoria de un pastor que, felizmente, ya pronto nos dejará.

Nos vemos el sábado. #NiUnaMenos 

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