El encuentro de dos identidades: Comentario de Mt. 16:13-20

El evangelio de hoy domingo es un texto muy citado y muy bonito. Se trata de la famosa pregunta de Jesús por su identidad. “¿Quién dice la gente que soy yo?” Si uno medita el texto, puede desarrollar varias explicaciones a la pregunta. Muchos comentaristas coinciden en que la pregunta se planteaba para enseñarles algo a los discípulos, y de seguro fue así. Pero a mí también me gustaría pensar que Jesús estaba genuinamente definiendo su identidad. Y como toda identidad, esta se forma en diálogo con otros, en contraste con las identidades de otros.

Pronto los discípulos le cuentan a Jesús cosas que de seguro él ya sabía, lo que la gente decía sobre él. Sin duda se trataba de un tipo enigmático y su presencia había hecho a la gente pensar. La siguiente pregunta, sin embargo, es una invitación a definirse frente a la identidad de Jesús. “Ahora díganme ustedes quién dicen que soy yo”.

Y aquí es donde algo hermoso sucede. Pedro se apresura a definirse a sí mismo cuando define a Jesús. Pues en su respuesta, Pedro en efecto revela algo que él no ha conocido “por la carne o la sangre”. Sin duda Jesús era un tipo especial, pero adjudicarle ser el mesías implica un movimiento de fe que, como toda fe digna del nombre, se basa en cierta evidencia pero al final requiere una decisión fundamental donde la evidencia ya no es suficiente.

Se trata de un gesto de amor, de confianza, de esperanza. No es algo del todo extraño si pensamos en experiencias humanas más ordinarias. El amor es una de ellas. Cuando una pareja se casa o decide establecerse en una relación de amor exclusivo, lo que vemos es también un acto de fe. No hay nada que garantice que la persona elegida nos hará felices, le dará plenitud a nuestra vida. No hay siquiera certeza de que el amor dudará por siempre, aunque eso sea lo que muchas veces se promete. Y, sin embargo, hay una fe fundamental que hace el amor posible y algunas de esas relaciones verdaderos ejemplos de entrega, confianza y afecto.

Algo así le sucede a Pedro y a muchos otros que confiesan su fe. Lo hermoso es que el darle identidad a Jesús, como decía, le da identidad a Pedro también. Primero como creyente, pero luego amplia su identidad por la confesión de Jesús, quien hace de Pedro también alguien especial. Su amor lleno de fe hace que Jesús deposite en él su confianza.

Desde que tengo memoria, he pensado siempre este texto como un encuentro de dos identidades. El encuentro de dos personas que se definen mutuamente, con amor, confianza y fe. Jesús se encuentra a sí mismo en Pedro y Pedro, precisamente al confesar a Jesús como el salvador, se encuentra también a sí mismo. Se encuentra a sí mismo con esa profundidad que a la propia identidad le da la fe en algo grande y hermoso, como un ideal, o, quizá, como Dios.

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