Cipriani y los escaparates de la catolicidad

Hace poco el cardenal Juan Luis Cipriani tuvo, una vez más, una infeliz intervención pública. Todos saben de lo que hablo, así que mucho no compete añadir. Lo que quizá sí cabe decir es que esto se trata de un problema sistemático en la historia de vida pública del cardenal. Aunque las disculpas se han dado hasta dos veces, ellas hacen pensar que sus expresiones no fueron un error, sino parte de una mirada del ser humano, de la mujer y de la sexualidad que no sólo no debemos compartir, sino firmemente combatir.

Pero mi punto va en otra dirección esta vez y está motivado por un par de conversaciones que tuve en las últimas dos semanas en relación al sentido de la catolicidad. Algunas personas, por ejemplo, se tomaron fotos en Facebook mandando a la mierda (literalmente) al cardenal por sus declaraciones, junto a hashtags que sostenían que Cipriani no los representa. Es aquí donde aparece la confusión y, muchas veces, el error conceptual. ¿No se supone que, de facto, Cipriani representa a todos los que se denominan católicos en el Perú? ¿Al menos a los católicos limeños? El cardenal, una vez más, genera una crisis en la fe de muchos.

Sobre este tema he publicado aquí y en otros medios varios textos, pero brevemente quisiera resumir mi posición. Ella, quisiera ser explícito, proviene de una postura personal, pero es también el resultado de años de estudio sobre esta materia. Lo hago notar no para presumir de autoridad, sino para evitar ser descalificado de plano simplemente por discrepar de la postura oficial: hay aquí suficientes recursos teológicos para mantener una posición distinta y para defenderla.  Que sea esta, entonces, también una invitación para la conversación alturada si es que alguna persona está en desacuerdo con lo que sigue.

Mi posición es esta: el catolicismo no debe ser medido prioritariamente desde una perspectiva teológica oficial, sino desde una mirada sociológica. O, para jugar con la infeliz imagen del cardenal, los escaparates del catolicismo no lo exhiben con propiedad cuando se mira con ojos de teólogo oficial, sino cuando se presta atención a cómo vive la gente su fe. La razón es muy sencilla y la evidencia es abundante: si ser católico significase vivir alineado con la integridad de las prescripciones morales y doctrinales que propone Roma, el número de católicos sería minúsculo. La (para algunos) dura realidad es que católico es quien así se autodenomina. Punto. Es muy raro el caso de que alguien se atribuya a sí misma una etiqueta tan pesada como esa sin tener idea de sus implicancias. Luego, la auto-definición aquí es el criterio fundamental.

Ahora, obviamente, los contornos de tal denominación han sido establecidos por una larga tradición que tiene marcas teológicas fundamentales. Por ejemplo, es difícil concebir un católico o católica en completa ruptura con Roma (aunque algunos objetarán); es muy complicado identificar a un católico o católica que rechaza totalmente el rol mediador de la virgen María; levanta sospecha un católico o católica que acepta el aborto indiscriminado sin ningún tipo de matiz; genera curiosidad el católico o la católica que no tiene ningún respeto por la autoridad del Magisterio; etc. Si se nota, sin embargo, todos mis ejemplos aquí han marcado casos extremos y lo han hecho adrede: “completa ruptura”, “rechaza totalmente”, “sin ningún tipo de matiz”, “ningún respeto”. El punto es sencillo, me parece. El catolicismo, como toda tradición, tiene algunos márgenes generales, mas ellos son siempre flexibles y dan espacio para los matices y la pluralidad. Así, una buena católica puede reconocer la autoridad general de Roma, pero estar en desacuerdo respecto de ésta o aquélla postura del Papa; puede orar con María, pero tener dudas respecto del rol de su mediación; oponerse al aborto en general, pero dejar ciertos márgenes para la excepción; aceptar la autoridad del Magisterio como principio, pero discrepar respecto de ciertos temas, siendo los del manejo de la sexualidad los más típicos. 

Este es un artículo de divulgación y no estoy entrando aquí en los detalles. Quien esté interesado, puede revisar algunos de mis libros (citados en la sección del autor) y textos más cortos (sugiero, en particular, “Una hermenéutica de la diversidad”, Bogotá, 2015) o simplemente contactarme y discutir la cuestión. Lo que me interesa infundir en estas líneas es un poco de calma al católico o católica que se angustia al sentir que esta tradición ha formado su identidad y su forma de discernir el mundo y que, sin embargo, al tener a un “representante oficial” tan incapaz como el cardenal siente que no queda más opción que la ruptura con la institución y con la tradición. Lejos me encuentro yo de ser un apologeta ciego del catolicismo, pero sí me gustaría decirles que la religión católica fue y será siempre una religión plural. Dentro de ciertos márgenes generales, siempre hubo y siempre habrá espacio para la diversidad. Diversidad no es herejía; diversidad no es amenaza. La diversidad está en el corazón de la tradición cristiana y es lo que le ha dado su riqueza. Ella nos ha dado santos como Tomás de Aquino y Buenaventura o como Francisco y Clara de Asís o Ignacio de Loyola, como Teresa de Calcuta, Monseñor Romero o Dorothy Day. Cuando les quieran vender la historia de una Iglesia uniforme donde la diversidad se etiqueta como pecado, respondan con la historia de la iglesia que sus críticos siempre desconocen. Los más nobles tienen miedo a reconocer la diversidad por temor a equivocarse explorando otras opciones. A ellos hay que respetarlos y con ellos toca conversar para persuadirlos. Los menos nobles tienen menos temor y más ganas de imponerse sobre los otros. A esos, con respeto también, hay que invitarlos a conversar, pero cuando esa posibilidad se agota, hay que combatirlos con vigor.

El cardenal se ha disculpado y toca aceptar sus disculpas. Sus ideas, sin embargo, quedan. Quedan porque hacen daño y quedan porque reflejan las de muchos. En efecto, ni a mí ni a muchos de ustedes Cipriani nos representa. Lo bueno es que ustedes y yo podemos representarnos a nosotros mismos y hablar con viva voz de los temas que nos preocupan y denunciarlos cuando corresponda. Podemos, además, encontrar interlocutores y representantes más lúcidos dentro de una iglesia que tiene muchas posibilidades y donde el cardenal, cada vez más, se convierte en una voz aislada. Resignifiquemos, pues, la infeliz expresión del cardenal y hagamos del catolicismo un escaparate de su diversidad, exhibiendo otras formas de vivir esta fe que distan de aquellas reflejadas en la trayectoria de un pastor que, felizmente, ya pronto nos dejará.

Nos vemos el sábado. #NiUnaMenos 

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Una elección capaz de engendrar esperanza

En un texto pequeño pero que siempre he creído muy importante, el filósofo Michael Walzer habla de lo que él denomina minimalismo moral. Según indica el profesor de la Universidad de Princeton, son los momentos de grave crisis los que nos invitan a hacer un ejercicio moral en el cual por un momento dejamos algunas de nuestras más importantes convicciones con el afán de ir a aquellas que son más básicas, más fundamentales, las raíces de incluso aquellas que se muestra como las más importantes. Hay, pues, ciertos mínimos morales (de ahí el nombre “minimalismo moral”) que son capaces de unir a las personas más diversas por objetivos comunes. Esto no quiere decir, por supuesto, que pasada la tempestad las diferencias desaparecerán. Todo lo contrario. Como es de esperarse, ellas volverán a emerger. Y eso está bien; está, de hecho, muy bien. Pues no hay nada peor que una sociedad donde todo se ha vuelto uniforme, donde no hay lugar para las diferencias de ideas, para la discusión saludable.

Las últimas encuestas (publicadas hace pocas horas) indican que la candidatura de PPK ha superado a la del fujimorismo. Todo sugiere que mañana será un día de alegría y cierto retorno de una esperanza que por largas semanas pareció esquiva. La celebración para mí y muchos otros que nos alineamos políticamente más cerca de la izquierda no es, evidentemente, por el contenido de todas las propuestas de PPK. PPK no me representa políticamente, así como no representa a la gran mayoría de la población. Pero PPK sí representa una alternativa en tiempo de crisis. PPK sí representa ciertos valores mínimos que no son negociables y que toca defender a toda costa. Mucho se ha dicho ya y no tengo interés en repetir. Baste con señalar una vez más que el riesgo de la elección de mañana es la posibilidad de elegir a Keiko Fujimori. No a su padre, aunque mucho de él la rodee y la substancie. Keiko es la amenza y lo es por las cosas que ella misma ha hecho y ha dejado de hacer. El problema es ella y su presente; aunque su pasado, por supuesto, importe y mucho. Para más sobre ello, basta con ver el formidable documental Su nombre es Fujimori (adjunto abajo).

Mañana, todo así lo sugiere, PPK ganará una elección por la cual a veces no pareció luchar lo suficiente; pero la ganará porque, a pesar de todo, en este momento de crisis él representa una opción viable para la preservación de la institucionalidad democrática. Esa opción ha sido capaz de engendrar esperanza allí donde por semanas hubo tristeza y desolación ante lo que parecía el triunfo inminente del fujimorismo. Mañana parece que brillará la esperanza y eso es motivo de sobra para estar contentos. Contentos por el coraje de la gente que supo organizarse cuando parecía irse la fuerza. Contentos por el coraje de Verónika Mendoza para tragarse las diferencias y apelar a los mínimos morales que la unen a PPK. Contentos porque en un país al cual el fujimorismo le hizo tanto daño parece que hemos podido contenerlo cuando amenazaba con tomarlo todo.

Mañana, sin embargo, no acaba la historia. El fujimorismo tiene la mayoría del congreso, PPK no tiene un aparato organizacional inmenso y requerirá de alianzas para gobernar. PPK enfrentará un país dividido y un congreso que seguro tratará de bloquear sus reformas sociales. PPK tendrá que conceder, y si es fiel al mandato popular que las urnas impondrán sobre él mañana, tendrá que tratar de gobernar más cerca de la izquierda y de la centro izquierda que de la derecha. Todo esto será difícil y de ahí la importancia de entender esta elección con la gravedad que corresponde. Mañana es un día para recuperar la esperanza, pero mañana también es un llamado para permanecer vigilantes. Del fujimorismo, sobre todo, porque sabemos lo que representa; pero también de PPK mismo que solo nos representa a muchos mínimamente.

Dicho eso, no obstante, vayamos a votar con alegría y esperanza por PPK. Lo de mañana no es cosa menor, amigos lectores. A fuerza de coraje y organización parece que se ha volteado una elección y se la ha volteado por un trabajo orgánico y de conjunto. Gente muy diferente y con visiones incluso opuestas del país ha sido capaz de hacer causa común teniendo claro que hay valores supremos, como la democracia, que vale la pena defender por encima de nuestras diferencias. Eso, en el Perú, no es poca cosa. Eso solito ya es un motivo de esperanza. Mañana ganará la derecha. Eso toca aceptarlo y respetarlo porque así votó la mayoría del Perú. Pero mañana muy probablemente ganará la derecha democrática y eso sí debe darnos esperanza. Vendrán otras elecciones y la izquierda podrá organizarse de nuevo, quizá con Verónika, para tentar democráticamente la presidencia. Pero la posibilidad misma de que esa organización pueda darse y de que ella o Julio Guzmán o Alfredo Barnechea puedan ser parte del espectro electoral es algo que requiere la democracia que PPK nos garantiza.

Mañana, entonces, votemos por PPK en una elección que parece devolvernos la esperanza. Mañana, además, vigilemos el voto, si es posible, como personeros de PPK. Necesitamos toda la fuerza que podamos. El fujimorismo juega sucio y hay que saber contrarrestarlo. El lunes será otro día; pero de los problemas del lunes ocupémonos el lunes por la mañana. Mañana domingo votemos temprano, esperemos la tarde y abramos una cerveza que nos refresque tras la larga jornada que, confiemos, habrá traído la victoria.

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Alberto de Belaunde, PPK-17: un voto por la recuperación de lo político

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He tratado de abstenerme de escribir sobre política en estas semanas. Las razones son numerosas, pero una de las más importantes es la inmensa confusión en la que nos ha metido el JNE sacando candidatos de carrera, aplicando la ley de modo dispar; en suma, dejando la impresión de que el proceso no es plenamente democrático. Una forma de resumir mi inhabilidad para escribir es, simplemente, cierta experiencia de desesperanza; la misma que se ahonda ante la distancia.

Pero la desesperanza no ensombrece todo. Siempre quedan razones para la lucha y cuando parece que ya no quedan, corresponde crearlas. En mi opinión, Alberto de Belaunde, PPK-17, encarna ambas cosas: una razón para creer que las cosas pueden ser distintas y una persona capaz de hacer emerger nuevas razones para luchar por un horizonte distinto.

Hay muchas cosas que podría decir sobre Alberto y varias de ellas ya han sido resaltadas por muchos, así que evitaré repetir. Alberto es mi amigo hace años. Lo he conocido como un talentoso estudiante, como un muy poco usual dirigente estudiantil capaz de lograr cosas valiosas, como un excelente gestor en la Municipalidad de Miraflores, etc. Todo eso se sabe y pueden vistar su página web para tener más información.

Yo quisiera decir algo un tanto distinto sobre Alberto, sin embargo; algo que resalte una cualidad única en medio de tantas áreas de probado talento. Para mi, Alberto encarna la recuperación de lo político. Uso el neutro aquí porque no me refiero solamente a la política entendida como el mero votar y los momentos de tensión electoral. Alberto ha representado desde que lo conozco mucho más que eso. Alberto tiene un genuino interés por la recuperación de lo político; una recuperación que, me parece, él entiende como una apuesta global, sostenida y orgánica por hacer del Perú y de la comunidad política que él representa un lugar mejor, al servicio de los más vulnerables, algo que no es otra cosa que poner la política al servicio de la justicia. Pero Alberto no se queda allí y eso que ese allí ya dice mucho sobre su calidad como persona.

Alberto tiene una talento que pocas personas de principios tienen; Alberto tiene también talento para la política. No se trata de un ingenuo idealista que por su afán de recuperar la importancia de lo político no está al tanto de lo sucia y compleja que es la política. Alberto lo sabe y tiene una inteligencia que siempre he admirado para saber navegar el complejo juego de la política con astucia, pero sin jamás renunciar a sus principios. Este es un talento inusual y, a mi juicio, un talento fundamental. Alberto lo tiene y es por eso que su presencia garantiza la recuperación progresiva de lo político en el medio de los ataques, las dificultades y las oportunidades con las que la política nos confronta.

Recuperar lo político requiere aprender la danza de la política; requiere dignidad y principios, pero también astucia y capadiad de maniobra. La ingenuidad no sobrevive la política; la corrupción destruye lo político. Alberto no es ingenuo. Alberto no es corrupto. En contraste, él es capaz de crear consensos, algo esencial en la pólitica y particularmente en el congreso. Alberto es capaz de ceder sus aspiraciones personales, incluso cuando ellas están bien fundadas, para poder servir mejor a la causa que esas aspiraciones defienden. Su posición respecto a la unión civil es el mejor ejemplo. Alberto sabe que el cambio toma tiempo y que el cambio sostenido requiere transformaciones profundas. Él tiene las condiciones para contribuir decisivamente en ese cambio. Por eso les pido su voto por él, PPK-17.

Una nota final merece el hecho de que vaya con PPK, lo que a muchos de mis lectores podría de arranque desanimarlos. Eso lo entiendo y no pretendo despreciar esa posición. Sugiero un camino de posible reconcialiación, no obstante. El congreso es un lugar fundamental para la recuperación de lo político, para la sostenibilidad de la democracia. Este congreso tendrá, muy posiblemente, cerca de 60 congresistas fujimoristas. La mayoría de ellos serán figuras irrelevantes, sin liderazgo y sin talento; pero ellos votan y eso importa demasiado. Cuando el congreso promete una configuración tan dispar de fuerzas, figuras individuales importan muchísimo. Un líder con talento puede jalar votos. Un líder con principios puede defender causas justas en los medios y en el pleno. Un líder con maniobra puede puede lograr consensos; sí, incluso con el fujimorismo. Y esto es crucial: los antifujimoristas necesitaremos el voto fujimorista, no lo pierdan de vista. En mi opinión, Alberto tiene el talento para todo esto. No me entiendan mal. Alberto no es el salvador de la democracia. Alberto no puede hacer las cosas solo. Alberto no es la única figura con talento que entrará al congreso. Pero es una de las pocas. Lo necesitamos.

¿No te gusta que vaya con PPK? Lo entiendo, pero creo que ese no es el punto dadas las condiciones señaladas. Este congreso representa un riesgo para la democracia en muchos niveles. Ante un riesgo tal, creo que es importante tomar partido no tanto por el partido del candidato, sino por sus principios y su talento para poder frenar el riesgo de un congreso dominado por el fujimorismo. No dudo que haya otros candidatos que podrían hacer algo similar. De hecho tengo algunos nombres en mente, pero no conozco a ninguno como conozco a Alberto.

Si nos conocemos personalmente o si has seguido este blog a través de los años y, con suerte, confías un poquito en mi juicio, te invito a votar por Alberto de Belaunde, PPK-17, mañana. Te invito a un voto pragmático, si es que no te gusta que vaya con PPK: te garantizo que Alberto nos ayudará a frenar el avance del fujimorismo y eso ya vale mucho. Pero Alberto representa mucho más que un voto pragmático, amigo lector. Alberto nos puede ayudar a recuperar lo político. Esa sola oportunidad, esa sola esperanza, supera el pragmatismo. Esa esperanza es una cuestión de principios; los principios de Alberto, quizá también tus principios.

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Brindarle belleza al mundo

En las últimas semanas he tenido el gusto de asistir a varios conciertos, obras de teatro y otras formas de manifestación artística. He tratado de hacerlo siempre, pero creo que el promedio ha aumentado significativamente desde el inicio del nuevo año. Las razones no son particularmente interesantes: la Universidad de Chicago promociona decenas de eventos artísiticos todo el tiempo y esta vez tuve el buen tino de ponerlos en mi calendario.

Escribo esta nota, sin embargo, no para alardear de mi tiempo libre o de las oportunidades que esta gran universidad brinda, sino para recordar una anécdota. Un amigo y profesor en la Universidad Notre Dame me contó una vez sobre una conmovedora conversación que tuvo con un importante teólogo de la liberación en Centro América. Este profesor trabaja en teología de la liberación y por muchos años llevó grupos de estudiantes a esta región, de ahí el contacto.

Un día, conversando con este teólogo, el diálogo devino en algunos comentarios al paso sobre la orquesta sinfónica del país en el que se encontraban. El teólogo, conocedor de música clásica, fue cauto al no compararla con la de Nueva York, Chicago, o alguna de las famosas orquestas europeas y, sin embargo, se mantuvo entusiasta respecto de su talento. Su interlocutor lo escuchaba asombrado, mientras el teólogo explicaba las razones de su gozo al ir a los conciertos. Pronto el teólogo detectó cierta mirada de confusión y sorpresa en mi amigo. Él supo leer sus gestos con precisión. “Te estarás preguntando” –le dijo– “cómo es posible que un teólogo de la liberación, supuestamente comprometido con los pobres, tenga este tipo de gustos tan refinados y distantes de los de las clases populares” (esta, por supuesto, no es una cita perfecta). Y claro, eso es lo que pululaba en la mente de este profesor. ¿No es acaso una orquesta sinfónica un signo patente de privilegio, diferencia de clase, etc.? Nunca podré olvidar la respuesta del teólogo.

Ante la sorpresa de mi amigo, el amante de la música clásica le ofreció una reflexión breve pero profunda respecto del sentido de la liberación y del mundo de la pobreza. Así, le dijo a mi amigo: “Entiendo tu preocupación, pero quizá es mejor ver el asunto de otro modo. Quizá lo que conviene examinar no es si la orquesta supone diferencias de clase o elitismo, sino lo que ella es capaz de brindar a quien la escucha. Yo creo que toda forma de brindar belleza al mundo es una forma de brindar liberación. ¿No es acaso eso lo que buscan las luchas por la liberación? ¿Brindar paz, gozo, alegría, a la gente? Nunca debemos subestimar el poder transformador de la belleza. Cuando algo bello y puro entra en nuestro mundo, el mundo se hace un poquito mejor, un poquito menos cruel, menos duro” (nuevamente, esta no es pretende ser una reconstrucción exacta de la conversación).

En los últimos meses he estado estudiando la teología de la liberación desde una perspectiva distinta, a saber, como un movimiento social. Tal enfoque provee numerosas ventajas. Una de ellas, no obstante, salta a la vista: leer a los teólogos es muy diferente de examinar las experiencias de la gente viviendo en el mundo de la pobreza. Las razones son obvias: por más comprometidos con los pobres que los teólogos y teólogas puedan estar, siempre hay cierta distancia cuando se hace el trabajo teológico. Además, como siempre recuerda Gutiérrez, el mundo del pobre es un mundo que nunca conocemos del todo si es que no hemos nacido en él. Esta pequeña digresión me permite regresar al punto anterior.

En mis estudios recientes, precisamente, pude encontrar la confirmación de aquella reflexión sobre la música a la que hice referencia más arriba. Muchas veces los intelectuales (y aquí no me refiero fundamentalmente a los teólogos de la liberación, aunque esto le aplica a algunos también) comprometidos con la justicia social y cambios estructurales olvidamos la importancia de cosas tan sencillas como la belleza. Las luchas por la liberación pueden ser extenuantes; pueden dejarnos sin energía. Más aún, esto se muestra con mayor radicalidad cuando las luchas emergen desde el corazón del mundo de la pobreza. Para muchos de nosotros, que no vivimos ni nacimos en ese contexto, hablar de cambios y de luchas puede ser sencillo; pero cuando a penas hay energía para trabajar y buscar pan para nuestros hijos, las cosas se muestran muy distintas. Parte del éxito del movimiento pentecostal en América Latina tiene que ver con eso, todo lo indica: haber traído a la región cambios más pequeños, transformaciones más tangibles. Algunas de ellas tienen que ver con dejar de beber, parar el abuso en el hogar, etc. Otras, sin embargo, tienen que ver con la belleza de cantar en la iglesia, de bailar cuando se celebra el misterio de Cristo, etc.

Después de algo de tiempo y de algo de sospecha respecto del movimiento pentecostal, creo que hoy lo entiendo mucho mejor. Eso, por supuesto, no supone dejar de lado las luchas por la liberación y la importancia del problema estructural. Muchos pentecostales lo saben también. Mi punto es aquel de la conversación. No puede haber verdadera liberación si no se brinda algo de belleza al mundo; sin la alegría de celebrar la fe, sin el gozo de escuchar una pieza musical que nos estremece y nos llena de profundidad, quizá de verdad. O, visto desde el lado opuesto, la liberación no llega a nosotros sin es que no es posible aligerar la carga y, en vez de estremecimiento y profundidad, la belleza de la música y la danza nos hace más livianos y aminora el dolor de los problemas que nos acechan. Esos pequeños momentos de gozo, cuando la belleza entra a nuestro mundo, son fuentes de energía para las batallas por venir. Más aún, si luchar por la liberación es, en el fondo, luchar por el advenimiento del Reino de Dios, un reino donde priman la paz y la justicia; se me hace difícil pensar en él de un modo distinto al de un reino donde prime la experiencia de gozo que trae la contemplación de lo bello.

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Algunos proyectos nuevos para el 2016

Como se ha hecho recurrente, no me queda sino disculparme por la falta de constancia en el blog. Los compromisos académicos de diverso tipo (¡o simplemente la necesidad de no hacer nada académico!) limitan bastante mi trabajo por aquí. Es verdad que prometí empezar a poner cosas ya escritas en inglés, algo que creo que podré hacer con más facilidad después de fiestas; pero incluso eso probó ser un poco más complicado de lo esperado dada la extensión de algunos de mis papers. Creo que me toca aceptar que mis publicaciones por aquí serán siempre más esporádicas, pero al menos a lo que sí me comprometo es a no abandonar el blog por completo: material seguirá circulando, pero de seguro con la frecuencia con la que lo ha hecho en los dos o tres últimos años.

***

Dicho eso, con un poquito de tiempo en estos días, se me ocurrió que sería bueno hacer un pequeño balance de mis publicaciones recientes y, sobre todo, compartir con ustedes qué cosas emergen como ideas en el horizonte. Esto último lo hago también como una forma de ayuda-memoria, dado que algunas de estas ideas son muy recientes y terminan anotadas en un papelito que luego puede perderse con facilidad.

La subversión de la esperanza (Lima, Septiembre, 2015)

Fue sin duda una alegría presentar mi segundo libro en mi país, poco antes de regresar a Chicago. El proceso de publicación fue relativamente rápido para estándares editoriales y creo que la recepción ha sido positiva. La presentación del libro fue un momento emotivo, pero a la vez intelectualmente estimulante (para más sobre esto, vean el siguiente punto). Creo que es importante difundir algunas ideas y, en mi caso personal, poder hacerlo en el contexto de una comunidad de amigos y colegas cuyo interés en la teología de la liberación compartimos es una gran alegría. Yo siento como una gran responsabilidad, pero a la vez como un gran honor, la posibilidad de insertar mi trabajo en esta tradición teológica y sigo haciendo esfuerzos por contribuir de manera positiva. El libro se encuentra disponible en librerías en Lima, para aquellos interesados en leerlo. También he donado copias a las bibliotecas de la University of Notre Dame y The University of Chicago, por si alguien en EEUU está interesado en acceder a ellos via Inter Library Loan. Finalmente, los editores me indican que pronto estará disponible la versión e-book del libro. Una nota final de enorme agradecimiento corresponde, pues la confianza que los equipos editoriales del Centro de Estudios y Publicaciones, el Instituto Bartolomé de las Casas y la Pontificia Universidad Católica del Perú depositaron en mí fueron esenciales en el buen término de este proyecto.

“Los aportes de Zizek a la reflexión teológica: Una respuesta a Lucho Bacigalupo” (2016)

El día de la presentación de La subversión de la esperanza, mi amigo y maestro de tantos años, Lucho Bacigalupo, presentó algunas observaciones críticas respecto de mi tratamiento del aporte de Zizek para la reflexión teológica. Lucho sugirió, usando el método de correlación crítica de Tracy que yo mismo usé en el libro para otros fines y el cual respaldo plenamente, que mi tratamiento de Zizek no era del todo justo y que quizá tocaría repensar lo que dije sobre el autor esloveno en el capítulo 2 del libro. Ofrecí una respuesta rápida a Lucho en el panel, pero creo que sus observaciones críticas, cuya agudeza es para mí signo de respeto intelectual y de amistad, merecen más comentario precisamente por estas dos razones. Haciendo uso de algunas reseñas de los últimos libros de Zizek, de los comentarios de Lucho y de mi propio juicio de valor al respecto, mi meta es escribir un texto pequeño en el que aquello que Lucho llamó una “pequeña falla de Nazca” luzca un poco más como placas tectónicas estables.

Dos lenguajes teológicos: Un ensayo sobre el carácter público de nuestras creencias religiosas (Bogotá: Universidad de San Buenaventura, 2016).

Aunque este libro ya está terminado, será publicado oficialmente a inicios del año que está por empezar. Se trata de una versión considerablemente revisada de mis tesis de maestría en filosofía en la PUCP. El texto fue “corregido y aumentado” para hacer su lectura más fluida y su argumento más consistente. Añadí, además, un nuevo prefacio y una nueva introducción para colocarlo en el contexto histórico-político de su publicación. Aquí un breve extracto proveniente del prefacio:

Una de las mejores formas de entender el proyecto detrás de Dos lenguajes teológicos consiste en señalar que nuestras creencias religiosas no son una materia exclusivamente privada. Ellas tienen siempre un carácter comunitario, público. Por lo mismo, aunque son tremendamente importantes en la intimidad, ellas siempre nos invitan a su comunicabilidad. Cuando eso sucede en un contexto inmensamente pluralista como el de nuestra aldea global, se hace necesario buscar modos de expresar nuestras creencias que permitan entrar en conversación con otras posiciones. Ello requiere un ejercicio consciente de reflexión crítica que, desde mi perspectiva, permite establecer dos lenguajes teológicos (muy generalmente, dos modos de hablar de Dios) que aquí he llamado minimalismo teológico y maximalismo teológico.

El lenguaje minimalista opera como una estrategia de abstracción cuya finalidad es fundamentalmente pública, esto es, su meta es comunicar lo esencial de nuestras creencias religiosas de un modo que sea comprensible para personas que no las comparten y que a la vez permita consolidar sus ideales más fundamentales en la sociedad en la que vivimos. Como esto, evidentemente, no supone el establecimiento de una teocracia, corresponde preguntarse, entonces, cuáles son esos ideales más fundamentales y cómo pueden ser ellos traducidos en la esfera pública. Ese es un ejercicio que cada creyente y cada comunidades de creyentes debe discernir haciendo uso de su racionalidad práctica y su capacidad para la deliberación.

El lenguaje maximalista apela más bien a la experiencia más robusta y encarnada de nuestra fe. Hablamos aquí de doctrinas y prácticas mucho más cultural e históricamente enraizadas que, en realidad, configuran nuestro día a día: el tipo de Dios en el que creemos, la Iglesia a la que vamos, los preceptos rituales y morales que ella exige, etc. Todo eso configura la riqueza de quiénes somos y nada de lo que en este libro planteo invita a dejarla de lado. El lenguaje minimalista, entonces, es una abstracción respecto del lenguaje maximalista y, de hecho, tiene un valor sobre todo funcional para el contexto de la esfera pública. Dos lenguajes teológicos, entonces, es un esfuerzo por delinear estas dos formas de hablar de nuestra experiencia de fe en diálogo con el pensamiento de William James y Gustavo Gutiérrez.

“Teología de la liberación: Nuevas perspectivas” (2016)

Recientemente he estado trabajando en mi proyecto de tesis de doctorado. Parte de ese proceso consiste en la presentación de un boceto inicial que debe ser aprobado por el asesor y el comité que hará las veces de jurado en el futuro. Esa primera versión, redactada en cuatro páginas en inglés delinea bien lo que quiero hacer (algo que ya he compartido con ustedes en su versión inicial en el pasado). Uno de mis proyectos este año es escribir una versión ampliada de ese texto programático (quizá diez páginas) y publicarlo en español. Tentativamente, me gustaría titularlo como he sugerido en negritas más arriba. Obviamente, el título copia el del famoso libro de Gustavo Gutiérrez, pero añade un “nuevas” con el interés de hacer notar los nuevos desafíos que esta tradición de pensamiento y praxis tiene en el horizonte. Mi trabajo, sin embargo, no supone de modo alguna ruptura con el de Gutiérrez. Por el contrario, como se verá cuando el texto se encuentre terminado, implica más un esfuerzo por desarrollar puntos que el teólogo peruano identificó ya como centrales para la teología de la liberación hace cerca de quince años, pero que no han sido trabajados  con detenimiento aún.

Reseña de Roberto Morozzo, Monseñor Romero: Vida, pasión y muerte en El Salvador (2016)

A mediados de año termine de leer las más reciente biografía de Monseñor Romero. Un estudio de extraordinaria calidad publicado en italiano en el 2008 y en español en el 2010. A pesar de que se trata de un texto con varios años ya, no estoy al tanto de que haya sido reseñado en el Perú, al menos, y creo que vale difundir su contenido. El nivel de la investigación es altísimo y la capacidad de Morozzo para los matices en puntos cruciales merece, sin duda, cuidadosa lectura. Es una pena, aunque este es una crítica más bien periférica, que haya sido traducido con el título que consigno. En italiano, el libro se se llama Primero Dios: Vida de Óscar Romero, título que de hecho resume mucho mejor el argumento del libro: a saber, que el compromiso de Romero con los pobres de El Salvador fue siempre consecuencia de su profundo amor por Dios y nunca un mero acto político.

“Romero y la teología de la liberación” (2016)

La biografía de Romero junto a otros materiales a los que he tenido acceso ha dejado claro para mí que al menos unas pequeñas notas en relación a las conexiones históricas y teológicas de Romero con la teología de la liberación son necesarias. Mi plan, entonces, es escribir un texto breve en el cual estas conexiones se hacen explícitas tomando material de Morozzo, el diario de Romero y algunos testimonios. La consigna es clara: demostrar con evidencia firme que pretender desligar por completo a Romero de esta tradición de pensamiento es inconducente. Algo he dicho ya sobre esto en el capítulo 5 de La subversión de la esperanza, pero en este nuevo texto me interesa afinar la puntería y delimitar más la cuestión.

“Martirio: Un nuevo esfuerzo de reflexión sistemática” (2016)

Hace más de 30 años, Leonardo Boff publicó un ensayo en un famoso número de la revista Concilium editado por Edward Schilleebeeckx y Johannes Baptist Metz con un título similar al que aquí consigno. Su texto, así como los de Jon Sobrino, Karl Rahner y otros trataba de repensar el significado del martirio a la luz de la experiencia latinoamericana y más allá de ella. El capítulo 5 de La subversión de la esperanza publiqué representa un texto con ánimo similar, a la luz del martirio de Monseñor Romero. Con el tiempo, sin embargo, y después de tomar una clase sobre escatología en la Universidad de Chicago empezó a germinar el interés de escribir un texto más amplio en su rango histórico. Ninguno de los textos mencionados, incluido el mío, había hecho el esfuerzo de rastrear el concepto de martirio de modo sistemático en el momento clave de su gestación: el de la Iglesia temprana. Así, lo que abundaba son textos cuyo único foco es el de los mártires de los primeros siglos o textos (siendo los de Sobrino los más destacados) que teniendo en cuenta los primeros muy superficialmente, se movían pronto a la situación contemporánea. Mi meta es trazar un arco en el que ambas experiencias pueden ser comparadas orgánicamente.

Una primera versión de este texto ya está escrita en inglés. Ella se detiene en el contexto político teológico de los mártires de los primeros siglos, examina el caso de Ignacio de Antioquia y el de Policarpo, y plantea algunas posibilidades de interpretación a partir de las teología de Atanasio de Alejandría para luego pasar a las consideraciones teológicas contemporáneas siguiendo las reflexiones de Sobrino y Ellacuría. En este sentido, este trabajo no toma ninguna distancia fundamental respecto de la obra de estos dos teólogos de la UCA, pero creo que profundiza sus argumentos y plantea distinciones que me parecen importantes. En cierto sentido, también, este texto es una versión ampliada del capítulo 5 de La subversión de la esperanza. A diferencia de los otros textos, estimo que este tendrá una longitud mayor, lo que podría implicar que se publique en un par de entregas. Veremos cómo se dan las cosas.

Bueno, este es mi reporte/ayuda-memoria de fin de año. Espero que estos proyectos resulten de su interés y, de ser así, les agradecería cualquier recomendación bibliográfica o sugerencias respecto de cómo tratar los temas si alguna de mis ideas no parece del todo convincente.

¡Feliz año nuevo!

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Grabación del conversatorio “Una mirada laica a la teología y a la religión”

Como les comenté hace algunas semanas, Lucho Bacigalupo tuvo la generosa iniciativa de invitarnos a dos amigos y a mí a conversar acerca de nuestro trabajo como investigadores que se mueven en la arena del estudio académico de la religión. Estudio Generales Letras tuvo la gentileza de grabar la conversación y hacerla pública, así que me tomo la libertad de compartirla con ustedes con el ánimo de continuar el diálogo y compartir lo que allí se dijo y muchos no tuvieron oportunidad de escuchar.

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Tres entrevistas por la publicación de “La subversión de la esperanza”

RZ-Caretas

Queridos amigos,

Después de la presentación de La subversión de la esperanza me tocó volver casi de inmediato para Chicago para el reinicio de mis clases en el programa de doctorado. Todo tomó vuelo rápidamente y me ha sido imposible sino hasta hoy poder escribirles y compartir con ustedes algunas de las novedades transcurridas en las últimas semanas.

En este post en particular me interesa compartir con ustedes tres entrevistas que se me hicieron a raíz de la publicación del libro. La primera fue una entrevista con Punto Edu, el periódico de la PUCP. En ella doy una mirada sucinta tanto al libro como a mi itinerario teológico.

La segunda, con el Instituto Bartolomé de Las Casas entra en algunos detalles más de fondo que complementan aquello dicho a Punto Edu. Creo que interesa en esta entrevista mi valoración de los posibles aportes del libro para la discusión contemporánea, así como una evaluación de su relación con la teología de la liberación y con el trabajo de Gustavo Gutiérrez.

La tercera (la foto que encabeza este post), aunque fue una entrevista de más de media hora con Caretas, terminó siendo más bien una pequeña nota. Dado el tiraje y la importancia de Caretas, sin embargo, no toca sino agradecer.

Espero que encuentren las entrevistas de su interés. Vuelvo pronto con más material para compartir.

 

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Hoy a las 7pm: presentación de “La subversión de la esperanza”

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Amigos, con mucho cariño les recuerdo que hoy es la presentación de mi segundo libro, La subversión de la esperanza. La cita es a las 7:00 pm. en el Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Perú en la Av. Camino Real, San Isidro.

Presentan el libro tres queridos amigos y profesores de la PUCP: Luis Bacigalupo, Felipe Zegarra y Ximena Castro.

Ojalá puedan darse una vuelta. Los libros estarán a la venta hoy y luego, con un precio algo más elevado, en la librería de la PUCP, del CEP y en varias otras más.

 

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Una mirada laica a la teología y la religión: mañana en la PUCP a las 11:00 am.

Frontis-PUCP

Amigos, por iniciativa de uno de mis profesores más queridos en la PUCP mañana tres colegas y yo tendremos una conversación acerca de la situación de la religión y la teología en el contexto de la reflexión académica contemporánea.

La idea es examinar cómo de modo intelectualmente responsable es posible aún ser creyentes y/o considerar seriamente a la religión y a la reflexión que sobre ésta hace la teología, pero también otras disciplinas como la filosofía y la antropología. La secularización será el marco general de nuestra conversación. En un mundo en transformación donde menos son los que creen o muchos de los que creen lo hacen de modo muy diferente al que sus instituciones religiosas proponen, ¿qué puede aportar la teología?, ¿qué rol tienen las religiones históricas?, ¿cómo se están transformando estas últimas? Estos y otros temas serán motivo de nuestra charla mañana.

La cita es a las 11:00 am. en el Auditorio de EEGGLL en la PUCP. La entrada es libre. Tenemos una buena parte de la sesión abierta para preguntas del público, así que sería extraordinario si se pueden dar una vuelta para saludarlos, pero también para escuchar sus preguntas o comentarios. ¡Saludos!

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Hacer del sufrimiento una vocación

Ayer leí un texto muy interesante y conmovedor en el que se entrevista al gran comediante Stephen Colbert y que avivó en mi memoria una conversación que tuve hace un par de meses con un amigo y una profesora en EEUU. El punto de contacto es tratar de pensar y entender el sufrimiento. Ambas experiencias provocaron en mí algunas reflexiones que me gustaría compartir con ustedes.

El sufrimiento, por supuesto, tiene causas diversas. Algunas son claramente identificables: una persona maltrata a otra, un grupo se esmera en discriminar a otro, un sistema político margina a ciertos grupos de ciudadanos, un gobierno masacra y desaparece a personas que se le oponen, etc. Muchas veces el sufrimiento tiene causas claras y los culpables deben asumir su responsabilidad o ser sancionados. Pero hay formas de sufrimiento cuyas causas son menos claras y, quizá, inescrutables: enfermedades que se llevan a gente que amamos, desastres naturales donde la intervención humana no parece tan clara, heridas psicológicas que no parecen proporcionales con sus eventuales “causas”, etc.

Conversando sobre estos temas, la profesora a la que refiero dijo algo muy hermoso que marcó tanto a mi amigo como a mí: “a veces –dijo– hay que hacer del sufrimiento una vocación”. Ella, inteligente y cauta, por supuesto, añadió matices: no se trata con esto de una pasividad cómplice que permite que las cosas pasen sin tratar de transformarlas…especialmente cuando el sufrimiento tiene causas identificables y afectan a los más débiles en la sociedad. Sin embargo, como he señalado ya, hay otras formas de sufrimiento que simplemente nos exceden y contra las cuales no es mucho lo que se puede hacer: no pueden evitarse, no puede ya volverse atrás.

En esos contextos, nos decía esta profesora citando a un amigo suyo con un cáncer que lo estaba devastando y que terminaría con su vida pronto, el sufrimiento puede volverse una vocación. Me gustaría reflexionar un poco en relación a esta idea.

Una vocación supone, en cierto sentido, algo exterior a nosotros que hacemos nuestro. Es un llamado (de ahí el carácter “vocativo” de la vocación) a ser algo que nosotros asumimos como nuestro. Pero en el caso del sufrimiento, evidentemente, la cosa tiene notas particulares pues no es fácil pensar que somos llamados a sufrir como alguien puede sentir un llamado para ser médico o artista. Y, sin embargo, el sufrimiento es real y está allí todo el tiempo cerca de nosotros o en nosotros .

En situaciones de ese tipo, el sufrimiento puede transformarse en una vocación, puede ser un llamado que se posa en nosotros y que puede transformarnos también. El sufrimiento puede ser asumido como una realidad que consume mucho de nuestra vida o toda ella, pero puede hacerlo de un modo redentor, de un modo que puede hacernos mejores seres humanos. Puede matarnos, como sucederá con el cáncer de la persona a la que hice referencia; pero puede darnos vida también. Este tipo de aproximación ciertamente cobra gran fuerza cuando se le ve en clave religiosa, particularmente en el contexto del judaísmo y el cristianismo; pero no queda limitada a estas religiones o a ninguna.

Uno no tiene que asumir que existe un Dios que nos llama a hacer del sufrimiento una vocación transformadora. El sufrimiento es una realidad ineluctable y ante ella, con Dios o sin Dios, toca tomar posición. Uno puede dejar que el sufrimiento nos consuma y nos quite toda alegría y toda capacidad de dar amor o uno puede en el sufrimiento entrar en solidaridad con otros que también lo padecen, comprender dolores que uno no comprendió antes, abrirse a misterios de la vida que era difícil entender previamente.

El sufrimiento, en efecto, puede hacerse una vocación que transforme nuestra vida, incluso cuando esta se acerca ya a la muerte. Es una paradoja extraordinaria, como muchas otras que nos revelan misterios sobre el sentido de ser humano y el posible significado de ser parte de esta historia que nos precede y excederá.

Pero quizá más importante que la verdad que esta idea puede revelar es ver al  sufrimiento como un misterio que nos excede. Que esta reflexión jamás se interprete, entonces, como un juicio de valor sobre aquellos que no tienen la fuerza para hacer del sufrimiento una vocación transformadora. Solo quien sufre puede saber la intensidad de lo que padece y hay sufrimientos que lo devastan todo. Veamos siempre el sufrimiento con compasión y pongamos nuestra fuerza, incluso en medio del sufrimiento propio, para tratar de hacer la vida de los demás un poquito mejor, un poquito más feliz, un poquito más llena de amor.

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