Huir de dos errores (El Comercio)

Les dejo aquí una columna publicada ayer en el diario El Comercio sobre la enseñanza del curso de religión en las escuelas públicas.

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La enseñanza del curso de religión en las escuelas públicas ha generado cierto debate en nuestro país en los últimos días. Quisiera sugerir aquí una forma de enfocar el problema para entenderlo mejor, huyendo de dos errores que emergen como una amenaza permanente y que no nos permiten avanzar en la discusión.

En un extremo se encuentra la posición tradicionalista que no solo defiende la enseñanza de la religión en las escuelas, sino que exige que esta sea la religión católica. Sus argumentos varían, pero suelen circular alrededor de la importancia numérica e histórica del catolicismo en nuestras tierras. La fragilidad de esta posición es tanto práctica como moral. Práctica, porque el monopolio religioso del catolicismo se ha visto quebrado por la presencia del cristianismo evangélico. Moral, porque independientemente de los números, no dar espacio a la diferencia reproduce formas de dominación que, al menos idealmente, se contraponen a los valores católicos.

El extremo opuesto proviene de los defensores de una idea abstracta de estado laico. De acuerdo a esta posición, la enseñanza de cualquier religión en las escuelas es incompatible con la laicidad estatal que defendería la Constitución (aunque allí se habla más exactamente de “independencia” y “autonomía”). Esta posición tiene ribetes de la laicité francesa y la denomino abstracta porque se aferra a una noción de laicidad que rara vez tiene en cuenta sus implicaciones prácticas para la abrumadora mayoría de creyentes.

Estas dos posiciones son insostenibles en el Perú y es menester que las partes logren acuerdos que reflejen la realidad social, religiosa y política de nuestro país. Existen algunas posibilidades que cabe ensayar como rutas de salida. Una primera cuestión es que desterrar la educación religiosa de las aulas no tiene sentido ni social ni intelectualmente. La inmensa mayoría de peruanos se declara creyente y la presencia de un espacio de reflexión sobre esas creencias es algo que la escuela pública puede (y quizá debe) proveer. Más aun, desde una perspectiva humanista e intelectualmente responsable, el estudio de la religión constituye un deber para entender mejor la historia de nuestro país, sus problemas y posibilidades. Ninguna sociedad se entiende sin sus vínculos con su religión o sus religiones y pretender anular la reflexión sobre la religión puede llevarnos a hablar en el vacío.

Luego, la pregunta no es tanto si se debe enseñar religión o no, sino cómo hacerlo. Para mí no hay duda de que toca hacerlo de modo crítico e interdisciplinario. Un estudio crítico de la religión supera la figura del adoctrinamiento y más bien se centra en el examen de su complejidad y ambigüedad. Para poner un ejemplo, durante el tiempo de la colonización de estas tierras la religión cristiana tuvo un rol ambiguo. Por un lado, se utilizó como mecanismo de opresión y como brazo derecho del proyecto colonial. Por el otro, muchos, apelando a esa misma religión, buscaron en ella los argumentos filosóficos, teológicos y morales para transformar el proyecto evangelizador o suspenderlo del todo. Nombres como Las Casas, Guaman Poma o Vitoria se destacan. Un estudio crítico, entonces, permite ver problemas y posibilidades y ayuda a formar una mejor concepción de la naturaleza de las religiones.

Pero este estudio tiene que ser también interdisciplinario. Un curso de religión no puede enseñarse como una catequesis (sobre esto, pueden verse las propuestas para el caso peruano planteadas por la investigación de la Dra. Ulrike Sallandt). Es necesario, en cambio, enseñar religión en diálogo con la sociología y la antropología, con la historia y con la filosofía, si es que no también con las ciencias naturales. Solo así se puede ver a la religión en su complejidad humana, en sus tensiones con la política, con los movimientos sociales, y con otras religiones y formas de sabiduría milenaria. Sin duda esto requiere capacitación de docentes y un esfuerzo de largo aliento, pero todo proceso de enseñanza que realmente fomenta el desarrollo del ser humano así lo demanda. Más aun, esto requiere también apertura para aprender de las experiencias de nuestros alumnos, fomentando así un clima de diálogo en el aula. La tarea es grande, pero nuestro país no merece nada menos que la grandeza de nuestro esfuerzo.

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La tragedia y la promesa de “America first” (La República)

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Imagen tomada de The Washington Post

Amigos, se publicó hoy en La República este texto con mis ideas sobre la coyuntura política de hoy en los EEUU. Ojalá les interese.

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Donald J. Trump acaba de juramentar como cuadragésimo quinto presidente de los EEUU. Su discurso inaugural ha sido a la vez predecible y sobrecogedor. Predecible porque Trump nos ha acostumbrado ya a no seguir libretos preestablecidos, pero sobrecogedor por el nivel de confrontación que ha traído a una alocución pública que, al menos por corrección política, siempre invita a la concertación frente a una nación dividida. Trump prefirió seguir fiel a su estilo, anticipándonos así a lo que parecen ser cuatro años absolutamente inusuales para los EEUU y el mundo.
 

El discurso inaugural estuvo lleno de elementos genuinamente preocupantes, pero todos ellos se resumen en su enérgico llamado a darle prioridad a los EEUU: “America first!”. Por supuesto, todo gobernante legítimamente elegido tiene derecho a llevar a cabo la agenda que planteó a su electorado y la obligación de dar prioridad a los intereses nacionales sobre los foráneos. No obstante, la arenga America first de Trump tiene otros tintes y ellos son los que realmente alarman.
El de Trump es un nacionalismo confrontacional basado en una mentalidad de “nosotros vs. los otros”. La relación de Trump con el Islam lo hace patente, algo que podemos ver al contrastarla con la de George W. Bush. En un momento mucho más crítico, después de los ataques de 11 de septiembre, Bush invitó a diferenciar entre el terrorismo y el Islam, entre unos cuantos radicales y una religión de paz. Trump no ha hecho nada parecido. Por el contrario, contra toda prudencia, Trump ha asociado directamente el Islam con radicalismo azuzando temores que alimentan la xenofobia. Pero la lista de problemas sigue casi sin lugar a término.
Trump se ha esforzado en recrear ficciones sin sustento en la evidencia, pero enormemente peligrosas: los inmigrantes nos quitan los trabajos (y los mexicanos entre ellos son violadores), las zonas urbanas empobrecidas han llegado a niveles de crimen exorbitantes (algo falso, pero que genera estereotipos sobre las poblaciones negra y latina), el calentamiento global es una mentira creada por China, etc. Habría que añadir su implacable capacidad para ofender a las mujeres y, en general, a todo aquel que no le rinda pleitesía. Hay que decirlo con claridad: America first es una America blanca y masculina y, en el fondo, no es más que una estrategia para esconder la verdadera prioridad del nuevo presidente: Donald first!
Felizmente, escenarios de terror tienen la potencia para despertar también lo mejor de los seres humanos. Tan sólo al día siguiente de la inauguración, se calcula que más de tres millones de personas salieron a las calles en los EEUU (y muchas más en otras partes del mundo) en un gesto de protesta contra esta nueva presidencia de tenor orwelliano.
La gente se está organizando y se prepara para resistir por todos los medios posibles lo que parece ser una arremetida de impredecibles dimensiones en contra de muchos de los avances de los últimos años. No es cosa menor, cabe notar, que esta primera y masiva movilización fue convocada por mujeres, quienes mayoritariamente abarrotaron las calles. Mujeres valientes y corajudas que se oponen a una retórica de mentiras, confrontación y desprecio por ellas y por los demás.
Pero junto al liderazgo de las mujeres, se destacan otros. La población negra, latina, musulmana y muchas otras, han tomado renovada conciencia de la importancia de una resistencia activa y solidaria. Y esto último es lo fundamental. En un contexto de precariedad, los grupos en la periferia se están uniendo solidariamente para crear un nuevo centro. Este nuevo centro, con el apoyo de aquellos que entran en solidaridad renunciando a sus privilegios, es una gran fuente de esperanza.
La esperanza de que la división creada por America first sea reemplazada por un espíritu de solidaridad mutua entre aquellos en los márgenes de la sociedad en alianza con aquellos que están dispuestos a dejar de lado sus privilegios. Así, con entereza y perseverancia, quizá sea posible movernos de esta America first, blanca y masculina, a simplemente America: un país inclusivo donde aquellos en los márgenes se ponen en el centro. Más aún, una America que no es solo los EEUU, sino que mira también en solidaridad al resto de las Américas y al resto del mundo, retomando aquello que recordara el hagiógrafo: que para ser primero hay que volverse último (Mt. 20,16) y servidor de los otros (Mt. 23, 11).
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Un pequeño homenaje a Martin Luther King Jr.

Uno de los aprendizajes más poderosos que vino con mis estudios en los EEUU ha sido, sin duda, el contacto más cercano con la historia pasada y presente del “civil rights movement”. Por supuesto, en él la figura de Martin Luther King Jr. no tiene parangón. En los EEUU, se recuerda la memoria de King el 16 de enero con feriados, homenajes y demás. Pocos han recogido con la fuerza que Bernie Sanders lo ha hecho el mensaje de King. Por lo mismo, les dejo un pequeño discurso que Sanders dirigiese ayer en homenaje a King y los invito a tomar muy en serio su propuesta de cómo recordarlo: mucho menos en las palabras y mucho más al hacer su sueño realidad.

 

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Navidad como oportunidad

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La adoración de los pastores, por Jacob van Oost

Queridos amigos, les comparto una notita sobre Navidad que fue publicada en El Comercio el 25/12. Espero que este nuevo año los encuentre de buen ánimo y que las cosas vayan del mejor modo. ¡Un abrazo!

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¿Qué celebramos en Navidad? La respuesta obvia es que celebramos el nacimiento de Jesús. Pero no todos los nacimientos se celebran sin cesar y en todo el mundo. Hay algo de este Jesús, entonces, que parece hacerlo especial, digno de permanente memoria.

“Jesús es Dios”, parecería ser la razón más prominente. ¡Celebramos el nacimiento de Dios! Permítanme ofrecer un camino alternativo. Quisiera hacerlo, además, porque a pesar de que en el Perú la mayoría es cristiana, existen otras religiones que no confiesan a Jesús como su Dios o que simplemente no profesan fe alguna. La historia de este Jesús, sin embargo, puede ser una oportunidad para invitar a creyentes y no creyentes a pensar en aquello que nos une.

La historia de Jesús es una de contradicción. Ese que los cristianos llaman Dios aparece primero como una criatura indefensa, frágil. Sus padres no tienen ni los contactos ni el poder para conseguirle un lugar apropiado para nacer. Jesús nace en un establo. Pensemos en la gravedad de esto: el hijo de Dios nace entre las heces de animales. Y, por si esto no bastara, ese Jesús crecería para luego morir en la cruz como un criminal, ajusticiado por los tribunales romanos y por el poder religioso de turno.

¿No es esta una historia escandalosa? Algunos tratarán de reducir su gravedad hablando de que Jesús resucitó al tercer día. Esa es, sin duda, la versión del creyente y así se fue consolidando en la tradición cristiana con el tiempo. Pero lo cierto es que creer en la resurrección es un acto de fe. La cruz, en cambio, es un dato histórico.

El lector se preguntará cómo es que una historia de muerte es un motivo apropiado para una columna navideña. Lo es, quisiera pensar, porque algunas muertes engendran vida. La pregunta fundamental, más bien, es la de por qué hubo muerte. No cuesta mucho notar, revisando los textos, que la muerte de Jesús fue la consecuencia de una manera de vivir.

El escándalo de la vida de Jesús es conocido: desafiar ciertas normas religiosas, criticar severamente usos envilecidos del poder, ponerse del lado de los oprimidos, etc. La vida de Jesús desafió una forma de ver a Dios y a una sociedad marcada por la exclusión, marcada por una concepción mezquina del amor de Dios que incluía a muy pocos y apartaba a las mayorías. Qué coincidencia, además, que las mayorías apartadas normalmente eran las más pobres y socialmente vulnerables.

Tan radical fue esta perspectiva acerca del amor de Dios y su preferencia por los que la sociedad marginaba que a Jesús lo mataron. Uno puede hacer teología sobre esta muerte, pero es indudable que ella tuvo raíces históricas: el mensaje de Jesús ponía en peligro los privilegios de muchos y por eso lo eliminaron.

Este Jesús sabía que su muerte era inminente, como lo supieron Óscar Romero, Martin Luther King, María Elena Moyano y muchos otros. Y la muerte no lo detuvo. No lo detuvo porque detrás de una historia de muerte hubo una historia de amor que engendra vida. Tanto amor hubo que no se escatimó en entregar la vida misma cuando fue exigida.

Pero recordemos que fue exigida como consecuencia de ese amor. Ese amor no tiene colores políticos, pero sí opciones fundamentales: el poder es para servir, no para servirse; la religión es para liberar al ser humano, no para oprimirlo con ideologías; la vida en sociedad debe aspirar a la fraternidad, no a la exclusión y al maltrato; etc.

El amor del que hablamos cuenta una historia de vida. Su simple radicalidad, no obstante, hace temer a muchos y ha sabido traer muerte. Hagamos de la Navidad, entonces, una oportunidad para optar por la vida. Una oportunidad para celebrar, creyentes y no creyentes, los ideales por los que este Jesús y muchos otros entregaron su vida. Porque esos ideales merecen la lucha; porque el amor, la justicia, el perdón, merecen la buena batalla. Celebremos esa Navidad. Hagamos de ella una oportunidad.

*Imagen tomada de http://www.catholichousehold.com/birth-of-jesus-in-art-20-paintings-of-the-nativity/

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Las serpientes de la educación

Amigos, olvidé compartirles esta columna que salió en La República hace algunos días.

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En su imprescindible comentario al libro del Génesis, Martín Lutero, con la agudeza de intérprete que siempre lo caracterizó, hizo notar un elemento por casi todos desapercibido en la tentación de la serpiente. En dicha escena (Gen 3:3), señala Lutero, el pecado no consiste propiamente en haber comido de la manzana, sino en haberse coludido con la serpiente subrepticiamente negando a Dios.
 

Lutero nota esto (en el texto en latín) en la versión alterada que Eva da de la prohibición divina. En el relato, Dios dice que si Adán y Eva comen del fruto del árbol morirán. Eva, no obstante, inserta el condicional y le dice a la serpiente que si lo comen podrían morir («ne forte moriamur»). La serpiente, sutilmente, ha logrado ya su cometido. Ha generado en ellos confusión haciendo que de modo casi imperceptible se deje de decir la verdad. La trampa está en la sutileza, pues casi no se nota la gravedad de lo que está sucediendo. Parece tan natural y, sin embargo, se trata de la negación de la voluntad divina.
Me parece que la reflexión de Lutero ofrece luces para pensar en buena parte del debate reciente sobre la educación nacional. El problema del que me quiero ocupar es el de la llamada “ideología de género”. Esta vez, sin embargo, a diferencia de un texto anterior, no quiero concentrarme en el dogmatismo de algunos críticos, sino en su genuino temor.
En las semanas previas empezó a circular con cierta fuerza el hashtag #ConMisHijosNoTeMetas. Con él se pretendía aglomerar a padres preocupados por sus hijos y la educación que reciben en los colegios. Y, claro, ¿qué padre o madre responsable no se preocupa por sus hijos?, preguntan las serpientes. Pero no es sólo preocupación general, sino el temor de que cierta “ideología” deforme la identidad de los niños. Y los niños son tan vulnerables, por supuesto. ¿Quién querría ponerlos en riesgo?, interrogan las serpientes nuevamente.
Utilizando preocupaciones genuinas y motivaciones inicialmente bien intencionadas, numerosos padres de familia están siendo engatusados por las serpientes de la educación peruana. Líderes religiosos se han sumado también a esta desafortunada causa, en muchos casos producto de su ignorancia, pero, en varios otros, como consecuencia de su complicidad con un sistema que aduciendo defender “valores” no hace más que perpetuar los privilegios de algunos a expensas del bienestar de muchos.
Si me animo a escribir otra vez sobre este tema no es con la esperanza de convencer a quienes no escuchan razones, sino con la de invitar a aquellos que sienten genuino temor por la educación de sus hijos a pensar si en verdad hay razones para temer. Quisiera decir con firmeza que no. Lo que sucede, en cambio, es que gente con intereses económicos se quiere aprovechar de la genuina preocupación de las familias. Gente a la que no le interesa más que su propio beneficio quiere usar el amor que usted siente por sus hijos para alimentar el fuego de sus venganzas políticas.
Porque si se trata de defender a los chicos, le pregunto: ¿no es la mejor defensa aquella que busca que a sus hijos se les trate por igual, independientemente de si son chicos o chicas? ¿No le gustaría que si su hija quedase embarazada el sistema educativo le asegure respeto y cuidado en vez de estigmatización o la interrupción de sus estudios? ¿No preferiría usted que sus hijos sepan cuidar su cuerpo y denunciar cualquier abuso? Me sorprendería profundamente que usted se opusiese a estos valores.
Pues todos ellos son los que defiende explícitamente el Nuevo Currículo Nacional. Señor, señora, no se deje engañar. Esta discusión está llena de serpientes que quieren confundirnos mezclando mentiras con verdad. Por supuesto que tenemos que proteger a nuestros niños, pero protegerlos no supone aliarnos con aquellos que solo procuran su propio interés.
Hoy parece que la suerte está echada y que la censura del ministro Saavedra procederá, pero mi punto va más allá de una persona y de un ministerio. La cuestión de fondo es una invitación a ir más allá de nuestros miedos en busca de información honesta y balanceada, en busca de la verdad. La batalla por la educación es sólo una de varias que nos esperan y no debemos permitir que las serpientes nos engullan ocultando como siempre la verdad.

 

http://larepublica.pe/politica/830808-las-serpientes-de-la-educacion

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Los dueños de la verdad (columna para El Comercio)

Amigos, ¡después de buen rato les comparto algo! Este es un pequeño texto que publiqué hoy con el diario peruano El Comercio. El mismo es una modesta intervención pública en el contexto del debate presente sobre la educación, la llamada “ideología de género”, y los ataques en contra del ministro de educación, Jaime Saavedra. Espero que les guste.

Este es el link: http://elcomercio.pe/opinion/colaboradores/duenos-verdad-raul-zegarra-noticia-1950486?flsm=1

Y este el PDF de la edición impresa: elcomercio_2016-12-02_43_rz_los-duenos-de-la-verdad

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Cipriani y los escaparates de la catolicidad

Hace poco el cardenal Juan Luis Cipriani tuvo, una vez más, una infeliz intervención pública. Todos saben de lo que hablo, así que mucho no compete añadir. Lo que quizá sí cabe decir es que esto se trata de un problema sistemático en la historia de vida pública del cardenal. Aunque las disculpas se han dado hasta dos veces, ellas hacen pensar que sus expresiones no fueron un error, sino parte de una mirada del ser humano, de la mujer y de la sexualidad que no sólo no debemos compartir, sino firmemente combatir.

Pero mi punto va en otra dirección esta vez y está motivado por un par de conversaciones que tuve en las últimas dos semanas en relación al sentido de la catolicidad. Algunas personas, por ejemplo, se tomaron fotos en Facebook mandando a la mierda (literalmente) al cardenal por sus declaraciones, junto a hashtags que sostenían que Cipriani no los representa. Es aquí donde aparece la confusión y, muchas veces, el error conceptual. ¿No se supone que, de facto, Cipriani representa a todos los que se denominan católicos en el Perú? ¿Al menos a los católicos limeños? El cardenal, una vez más, genera una crisis en la fe de muchos.

Sobre este tema he publicado aquí y en otros medios varios textos, pero brevemente quisiera resumir mi posición. Ella, quisiera ser explícito, proviene de una postura personal, pero es también el resultado de años de estudio sobre esta materia. Lo hago notar no para presumir de autoridad, sino para evitar ser descalificado de plano simplemente por discrepar de la postura oficial: hay aquí suficientes recursos teológicos para mantener una posición distinta y para defenderla.  Que sea esta, entonces, también una invitación para la conversación alturada si es que alguna persona está en desacuerdo con lo que sigue.

Mi posición es esta: el catolicismo no debe ser medido prioritariamente desde una perspectiva teológica oficial, sino desde una mirada sociológica. O, para jugar con la infeliz imagen del cardenal, los escaparates del catolicismo no lo exhiben con propiedad cuando se mira con ojos de teólogo oficial, sino cuando se presta atención a cómo vive la gente su fe. La razón es muy sencilla y la evidencia es abundante: si ser católico significase vivir alineado con la integridad de las prescripciones morales y doctrinales que propone Roma, el número de católicos sería minúsculo. La (para algunos) dura realidad es que católico es quien así se autodenomina. Punto. Es muy raro el caso de que alguien se atribuya a sí misma una etiqueta tan pesada como esa sin tener idea de sus implicancias. Luego, la auto-definición aquí es el criterio fundamental.

Ahora, obviamente, los contornos de tal denominación han sido establecidos por una larga tradición que tiene marcas teológicas fundamentales. Por ejemplo, es difícil concebir un católico o católica en completa ruptura con Roma (aunque algunos objetarán); es muy complicado identificar a un católico o católica que rechaza totalmente el rol mediador de la virgen María; levanta sospecha un católico o católica que acepta el aborto indiscriminado sin ningún tipo de matiz; genera curiosidad el católico o la católica que no tiene ningún respeto por la autoridad del Magisterio; etc. Si se nota, sin embargo, todos mis ejemplos aquí han marcado casos extremos y lo han hecho adrede: “completa ruptura”, “rechaza totalmente”, “sin ningún tipo de matiz”, “ningún respeto”. El punto es sencillo, me parece. El catolicismo, como toda tradición, tiene algunos márgenes generales, mas ellos son siempre flexibles y dan espacio para los matices y la pluralidad. Así, una buena católica puede reconocer la autoridad general de Roma, pero estar en desacuerdo respecto de ésta o aquélla postura del Papa; puede orar con María, pero tener dudas respecto del rol de su mediación; oponerse al aborto en general, pero dejar ciertos márgenes para la excepción; aceptar la autoridad del Magisterio como principio, pero discrepar respecto de ciertos temas, siendo los del manejo de la sexualidad los más típicos. 

Este es un artículo de divulgación y no estoy entrando aquí en los detalles. Quien esté interesado, puede revisar algunos de mis libros (citados en la sección del autor) y textos más cortos (sugiero, en particular, “Una hermenéutica de la diversidad”, Bogotá, 2015) o simplemente contactarme y discutir la cuestión. Lo que me interesa infundir en estas líneas es un poco de calma al católico o católica que se angustia al sentir que esta tradición ha formado su identidad y su forma de discernir el mundo y que, sin embargo, al tener a un “representante oficial” tan incapaz como el cardenal siente que no queda más opción que la ruptura con la institución y con la tradición. Lejos me encuentro yo de ser un apologeta ciego del catolicismo, pero sí me gustaría decirles que la religión católica fue y será siempre una religión plural. Dentro de ciertos márgenes generales, siempre hubo y siempre habrá espacio para la diversidad. Diversidad no es herejía; diversidad no es amenaza. La diversidad está en el corazón de la tradición cristiana y es lo que le ha dado su riqueza. Ella nos ha dado santos como Tomás de Aquino y Buenaventura o como Francisco y Clara de Asís o Ignacio de Loyola, como Teresa de Calcuta, Monseñor Romero o Dorothy Day. Cuando les quieran vender la historia de una Iglesia uniforme donde la diversidad se etiqueta como pecado, respondan con la historia de la iglesia que sus críticos siempre desconocen. Los más nobles tienen miedo a reconocer la diversidad por temor a equivocarse explorando otras opciones. A ellos hay que respetarlos y con ellos toca conversar para persuadirlos. Los menos nobles tienen menos temor y más ganas de imponerse sobre los otros. A esos, con respeto también, hay que invitarlos a conversar, pero cuando esa posibilidad se agota, hay que combatirlos con vigor.

El cardenal se ha disculpado y toca aceptar sus disculpas. Sus ideas, sin embargo, quedan. Quedan porque hacen daño y quedan porque reflejan las de muchos. En efecto, ni a mí ni a muchos de ustedes Cipriani nos representa. Lo bueno es que ustedes y yo podemos representarnos a nosotros mismos y hablar con viva voz de los temas que nos preocupan y denunciarlos cuando corresponda. Podemos, además, encontrar interlocutores y representantes más lúcidos dentro de una iglesia que tiene muchas posibilidades y donde el cardenal, cada vez más, se convierte en una voz aislada. Resignifiquemos, pues, la infeliz expresión del cardenal y hagamos del catolicismo un escaparate de su diversidad, exhibiendo otras formas de vivir esta fe que distan de aquellas reflejadas en la trayectoria de un pastor que, felizmente, ya pronto nos dejará.

Nos vemos el sábado. #NiUnaMenos 

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Una elección capaz de engendrar esperanza

En un texto pequeño pero que siempre he creído muy importante, el filósofo Michael Walzer habla de lo que él denomina minimalismo moral. Según indica el profesor de la Universidad de Princeton, son los momentos de grave crisis los que nos invitan a hacer un ejercicio moral en el cual por un momento dejamos algunas de nuestras más importantes convicciones con el afán de ir a aquellas que son más básicas, más fundamentales, las raíces de incluso aquellas que se muestra como las más importantes. Hay, pues, ciertos mínimos morales (de ahí el nombre “minimalismo moral”) que son capaces de unir a las personas más diversas por objetivos comunes. Esto no quiere decir, por supuesto, que pasada la tempestad las diferencias desaparecerán. Todo lo contrario. Como es de esperarse, ellas volverán a emerger. Y eso está bien; está, de hecho, muy bien. Pues no hay nada peor que una sociedad donde todo se ha vuelto uniforme, donde no hay lugar para las diferencias de ideas, para la discusión saludable.

Las últimas encuestas (publicadas hace pocas horas) indican que la candidatura de PPK ha superado a la del fujimorismo. Todo sugiere que mañana será un día de alegría y cierto retorno de una esperanza que por largas semanas pareció esquiva. La celebración para mí y muchos otros que nos alineamos políticamente más cerca de la izquierda no es, evidentemente, por el contenido de todas las propuestas de PPK. PPK no me representa políticamente, así como no representa a la gran mayoría de la población. Pero PPK sí representa una alternativa en tiempo de crisis. PPK sí representa ciertos valores mínimos que no son negociables y que toca defender a toda costa. Mucho se ha dicho ya y no tengo interés en repetir. Baste con señalar una vez más que el riesgo de la elección de mañana es la posibilidad de elegir a Keiko Fujimori. No a su padre, aunque mucho de él la rodee y la substancie. Keiko es la amenza y lo es por las cosas que ella misma ha hecho y ha dejado de hacer. El problema es ella y su presente; aunque su pasado, por supuesto, importe y mucho. Para más sobre ello, basta con ver el formidable documental Su nombre es Fujimori (adjunto abajo).

Mañana, todo así lo sugiere, PPK ganará una elección por la cual a veces no pareció luchar lo suficiente; pero la ganará porque, a pesar de todo, en este momento de crisis él representa una opción viable para la preservación de la institucionalidad democrática. Esa opción ha sido capaz de engendrar esperanza allí donde por semanas hubo tristeza y desolación ante lo que parecía el triunfo inminente del fujimorismo. Mañana parece que brillará la esperanza y eso es motivo de sobra para estar contentos. Contentos por el coraje de la gente que supo organizarse cuando parecía irse la fuerza. Contentos por el coraje de Verónika Mendoza para tragarse las diferencias y apelar a los mínimos morales que la unen a PPK. Contentos porque en un país al cual el fujimorismo le hizo tanto daño parece que hemos podido contenerlo cuando amenazaba con tomarlo todo.

Mañana, sin embargo, no acaba la historia. El fujimorismo tiene la mayoría del congreso, PPK no tiene un aparato organizacional inmenso y requerirá de alianzas para gobernar. PPK enfrentará un país dividido y un congreso que seguro tratará de bloquear sus reformas sociales. PPK tendrá que conceder, y si es fiel al mandato popular que las urnas impondrán sobre él mañana, tendrá que tratar de gobernar más cerca de la izquierda y de la centro izquierda que de la derecha. Todo esto será difícil y de ahí la importancia de entender esta elección con la gravedad que corresponde. Mañana es un día para recuperar la esperanza, pero mañana también es un llamado para permanecer vigilantes. Del fujimorismo, sobre todo, porque sabemos lo que representa; pero también de PPK mismo que solo nos representa a muchos mínimamente.

Dicho eso, no obstante, vayamos a votar con alegría y esperanza por PPK. Lo de mañana no es cosa menor, amigos lectores. A fuerza de coraje y organización parece que se ha volteado una elección y se la ha volteado por un trabajo orgánico y de conjunto. Gente muy diferente y con visiones incluso opuestas del país ha sido capaz de hacer causa común teniendo claro que hay valores supremos, como la democracia, que vale la pena defender por encima de nuestras diferencias. Eso, en el Perú, no es poca cosa. Eso solito ya es un motivo de esperanza. Mañana ganará la derecha. Eso toca aceptarlo y respetarlo porque así votó la mayoría del Perú. Pero mañana muy probablemente ganará la derecha democrática y eso sí debe darnos esperanza. Vendrán otras elecciones y la izquierda podrá organizarse de nuevo, quizá con Verónika, para tentar democráticamente la presidencia. Pero la posibilidad misma de que esa organización pueda darse y de que ella o Julio Guzmán o Alfredo Barnechea puedan ser parte del espectro electoral es algo que requiere la democracia que PPK nos garantiza.

Mañana, entonces, votemos por PPK en una elección que parece devolvernos la esperanza. Mañana, además, vigilemos el voto, si es posible, como personeros de PPK. Necesitamos toda la fuerza que podamos. El fujimorismo juega sucio y hay que saber contrarrestarlo. El lunes será otro día; pero de los problemas del lunes ocupémonos el lunes por la mañana. Mañana domingo votemos temprano, esperemos la tarde y abramos una cerveza que nos refresque tras la larga jornada que, confiemos, habrá traído la victoria.

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Alberto de Belaunde, PPK-17: un voto por la recuperación de lo político

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He tratado de abstenerme de escribir sobre política en estas semanas. Las razones son numerosas, pero una de las más importantes es la inmensa confusión en la que nos ha metido el JNE sacando candidatos de carrera, aplicando la ley de modo dispar; en suma, dejando la impresión de que el proceso no es plenamente democrático. Una forma de resumir mi inhabilidad para escribir es, simplemente, cierta experiencia de desesperanza; la misma que se ahonda ante la distancia.

Pero la desesperanza no ensombrece todo. Siempre quedan razones para la lucha y cuando parece que ya no quedan, corresponde crearlas. En mi opinión, Alberto de Belaunde, PPK-17, encarna ambas cosas: una razón para creer que las cosas pueden ser distintas y una persona capaz de hacer emerger nuevas razones para luchar por un horizonte distinto.

Hay muchas cosas que podría decir sobre Alberto y varias de ellas ya han sido resaltadas por muchos, así que evitaré repetir. Alberto es mi amigo hace años. Lo he conocido como un talentoso estudiante, como un muy poco usual dirigente estudiantil capaz de lograr cosas valiosas, como un excelente gestor en la Municipalidad de Miraflores, etc. Todo eso se sabe y pueden vistar su página web para tener más información.

Yo quisiera decir algo un tanto distinto sobre Alberto, sin embargo; algo que resalte una cualidad única en medio de tantas áreas de probado talento. Para mi, Alberto encarna la recuperación de lo político. Uso el neutro aquí porque no me refiero solamente a la política entendida como el mero votar y los momentos de tensión electoral. Alberto ha representado desde que lo conozco mucho más que eso. Alberto tiene un genuino interés por la recuperación de lo político; una recuperación que, me parece, él entiende como una apuesta global, sostenida y orgánica por hacer del Perú y de la comunidad política que él representa un lugar mejor, al servicio de los más vulnerables, algo que no es otra cosa que poner la política al servicio de la justicia. Pero Alberto no se queda allí y eso que ese allí ya dice mucho sobre su calidad como persona.

Alberto tiene una talento que pocas personas de principios tienen; Alberto tiene también talento para la política. No se trata de un ingenuo idealista que por su afán de recuperar la importancia de lo político no está al tanto de lo sucia y compleja que es la política. Alberto lo sabe y tiene una inteligencia que siempre he admirado para saber navegar el complejo juego de la política con astucia, pero sin jamás renunciar a sus principios. Este es un talento inusual y, a mi juicio, un talento fundamental. Alberto lo tiene y es por eso que su presencia garantiza la recuperación progresiva de lo político en el medio de los ataques, las dificultades y las oportunidades con las que la política nos confronta.

Recuperar lo político requiere aprender la danza de la política; requiere dignidad y principios, pero también astucia y capadiad de maniobra. La ingenuidad no sobrevive la política; la corrupción destruye lo político. Alberto no es ingenuo. Alberto no es corrupto. En contraste, él es capaz de crear consensos, algo esencial en la pólitica y particularmente en el congreso. Alberto es capaz de ceder sus aspiraciones personales, incluso cuando ellas están bien fundadas, para poder servir mejor a la causa que esas aspiraciones defienden. Su posición respecto a la unión civil es el mejor ejemplo. Alberto sabe que el cambio toma tiempo y que el cambio sostenido requiere transformaciones profundas. Él tiene las condiciones para contribuir decisivamente en ese cambio. Por eso les pido su voto por él, PPK-17.

Una nota final merece el hecho de que vaya con PPK, lo que a muchos de mis lectores podría de arranque desanimarlos. Eso lo entiendo y no pretendo despreciar esa posición. Sugiero un camino de posible reconcialiación, no obstante. El congreso es un lugar fundamental para la recuperación de lo político, para la sostenibilidad de la democracia. Este congreso tendrá, muy posiblemente, cerca de 60 congresistas fujimoristas. La mayoría de ellos serán figuras irrelevantes, sin liderazgo y sin talento; pero ellos votan y eso importa demasiado. Cuando el congreso promete una configuración tan dispar de fuerzas, figuras individuales importan muchísimo. Un líder con talento puede jalar votos. Un líder con principios puede defender causas justas en los medios y en el pleno. Un líder con maniobra puede puede lograr consensos; sí, incluso con el fujimorismo. Y esto es crucial: los antifujimoristas necesitaremos el voto fujimorista, no lo pierdan de vista. En mi opinión, Alberto tiene el talento para todo esto. No me entiendan mal. Alberto no es el salvador de la democracia. Alberto no puede hacer las cosas solo. Alberto no es la única figura con talento que entrará al congreso. Pero es una de las pocas. Lo necesitamos.

¿No te gusta que vaya con PPK? Lo entiendo, pero creo que ese no es el punto dadas las condiciones señaladas. Este congreso representa un riesgo para la democracia en muchos niveles. Ante un riesgo tal, creo que es importante tomar partido no tanto por el partido del candidato, sino por sus principios y su talento para poder frenar el riesgo de un congreso dominado por el fujimorismo. No dudo que haya otros candidatos que podrían hacer algo similar. De hecho tengo algunos nombres en mente, pero no conozco a ninguno como conozco a Alberto.

Si nos conocemos personalmente o si has seguido este blog a través de los años y, con suerte, confías un poquito en mi juicio, te invito a votar por Alberto de Belaunde, PPK-17, mañana. Te invito a un voto pragmático, si es que no te gusta que vaya con PPK: te garantizo que Alberto nos ayudará a frenar el avance del fujimorismo y eso ya vale mucho. Pero Alberto representa mucho más que un voto pragmático, amigo lector. Alberto nos puede ayudar a recuperar lo político. Esa sola oportunidad, esa sola esperanza, supera el pragmatismo. Esa esperanza es una cuestión de principios; los principios de Alberto, quizá también tus principios.

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Brindarle belleza al mundo

En las últimas semanas he tenido el gusto de asistir a varios conciertos, obras de teatro y otras formas de manifestación artística. He tratado de hacerlo siempre, pero creo que el promedio ha aumentado significativamente desde el inicio del nuevo año. Las razones no son particularmente interesantes: la Universidad de Chicago promociona decenas de eventos artísiticos todo el tiempo y esta vez tuve el buen tino de ponerlos en mi calendario.

Escribo esta nota, sin embargo, no para alardear de mi tiempo libre o de las oportunidades que esta gran universidad brinda, sino para recordar una anécdota. Un amigo y profesor en la Universidad Notre Dame me contó una vez sobre una conmovedora conversación que tuvo con un importante teólogo de la liberación en Centro América. Este profesor trabaja en teología de la liberación y por muchos años llevó grupos de estudiantes a esta región, de ahí el contacto.

Un día, conversando con este teólogo, el diálogo devino en algunos comentarios al paso sobre la orquesta sinfónica del país en el que se encontraban. El teólogo, conocedor de música clásica, fue cauto al no compararla con la de Nueva York, Chicago, o alguna de las famosas orquestas europeas y, sin embargo, se mantuvo entusiasta respecto de su talento. Su interlocutor lo escuchaba asombrado, mientras el teólogo explicaba las razones de su gozo al ir a los conciertos. Pronto el teólogo detectó cierta mirada de confusión y sorpresa en mi amigo. Él supo leer sus gestos con precisión. “Te estarás preguntando” –le dijo– “cómo es posible que un teólogo de la liberación, supuestamente comprometido con los pobres, tenga este tipo de gustos tan refinados y distantes de los de las clases populares” (esta, por supuesto, no es una cita perfecta). Y claro, eso es lo que pululaba en la mente de este profesor. ¿No es acaso una orquesta sinfónica un signo patente de privilegio, diferencia de clase, etc.? Nunca podré olvidar la respuesta del teólogo.

Ante la sorpresa de mi amigo, el amante de la música clásica le ofreció una reflexión breve pero profunda respecto del sentido de la liberación y del mundo de la pobreza. Así, le dijo a mi amigo: “Entiendo tu preocupación, pero quizá es mejor ver el asunto de otro modo. Quizá lo que conviene examinar no es si la orquesta supone diferencias de clase o elitismo, sino lo que ella es capaz de brindar a quien la escucha. Yo creo que toda forma de brindar belleza al mundo es una forma de brindar liberación. ¿No es acaso eso lo que buscan las luchas por la liberación? ¿Brindar paz, gozo, alegría, a la gente? Nunca debemos subestimar el poder transformador de la belleza. Cuando algo bello y puro entra en nuestro mundo, el mundo se hace un poquito mejor, un poquito menos cruel, menos duro” (nuevamente, esta no es pretende ser una reconstrucción exacta de la conversación).

En los últimos meses he estado estudiando la teología de la liberación desde una perspectiva distinta, a saber, como un movimiento social. Tal enfoque provee numerosas ventajas. Una de ellas, no obstante, salta a la vista: leer a los teólogos es muy diferente de examinar las experiencias de la gente viviendo en el mundo de la pobreza. Las razones son obvias: por más comprometidos con los pobres que los teólogos y teólogas puedan estar, siempre hay cierta distancia cuando se hace el trabajo teológico. Además, como siempre recuerda Gutiérrez, el mundo del pobre es un mundo que nunca conocemos del todo si es que no hemos nacido en él. Esta pequeña digresión me permite regresar al punto anterior.

En mis estudios recientes, precisamente, pude encontrar la confirmación de aquella reflexión sobre la música a la que hice referencia más arriba. Muchas veces los intelectuales (y aquí no me refiero fundamentalmente a los teólogos de la liberación, aunque esto le aplica a algunos también) comprometidos con la justicia social y cambios estructurales olvidamos la importancia de cosas tan sencillas como la belleza. Las luchas por la liberación pueden ser extenuantes; pueden dejarnos sin energía. Más aún, esto se muestra con mayor radicalidad cuando las luchas emergen desde el corazón del mundo de la pobreza. Para muchos de nosotros, que no vivimos ni nacimos en ese contexto, hablar de cambios y de luchas puede ser sencillo; pero cuando a penas hay energía para trabajar y buscar pan para nuestros hijos, las cosas se muestran muy distintas. Parte del éxito del movimiento pentecostal en América Latina tiene que ver con eso, todo lo indica: haber traído a la región cambios más pequeños, transformaciones más tangibles. Algunas de ellas tienen que ver con dejar de beber, parar el abuso en el hogar, etc. Otras, sin embargo, tienen que ver con la belleza de cantar en la iglesia, de bailar cuando se celebra el misterio de Cristo, etc.

Después de algo de tiempo y de algo de sospecha respecto del movimiento pentecostal, creo que hoy lo entiendo mucho mejor. Eso, por supuesto, no supone dejar de lado las luchas por la liberación y la importancia del problema estructural. Muchos pentecostales lo saben también. Mi punto es aquel de la conversación. No puede haber verdadera liberación si no se brinda algo de belleza al mundo; sin la alegría de celebrar la fe, sin el gozo de escuchar una pieza musical que nos estremece y nos llena de profundidad, quizá de verdad. O, visto desde el lado opuesto, la liberación no llega a nosotros sin es que no es posible aligerar la carga y, en vez de estremecimiento y profundidad, la belleza de la música y la danza nos hace más livianos y aminora el dolor de los problemas que nos acechan. Esos pequeños momentos de gozo, cuando la belleza entra a nuestro mundo, son fuentes de energía para las batallas por venir. Más aún, si luchar por la liberación es, en el fondo, luchar por el advenimiento del Reino de Dios, un reino donde priman la paz y la justicia; se me hace difícil pensar en él de un modo distinto al de un reino donde prime la experiencia de gozo que trae la contemplación de lo bello.

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