Leibniz y el camino a la teodicea (I)

Hace ya varios años, calculo que hacia los diecisiete o dieciocho, me encontraba leyendo a un autor que había concentrado mi interés desde la última parte de mi educación secundaria, se trataba del psicoterapeuta y escritor francés, Ignace Lepp. De Lepp leí casi toda su obra y fue por ello que hacia el inicio de mi vida universitaria, que fue más o menos el tiempo en que terminé de leer la gran mayoría de sus libros, me encontré con un texto suyo que particularmente dejó una idea muy grabada en mi mente. Leía en ese entonces Psicoanálisis de la muerte[1],uno de los varios textos en los cuales contaba Lepp su experiencia como terapeuta y trataba de ofrecer una reflexión más compleja para el lector a partir de ella, y recuerdo que quedé asombrado con un problema: Lepp ponía sobre la mesa junto al tema de la muerte el problema del mal. Se preguntaba cómo era posible el mal en el mundo. Como un pensador cristiano, apelaba lógicamente a la idea de un Dios que crea con amor y libertad y, por ende, asumía el costo del mal voluntario en sus criaturas. En tanto creadas con libertad, era inevitable que pudieran obrar mal. Ese problema no me alarmaba tanto en aquella época, lo hacía, más bien, otro. Se preguntaba Lepp en el mismo texto: ¿cómo son posibles los desastres naturales, las enfermedades incurables?, confesando honesto que no tenía respuesta. Esa pregunta permaneció muchos años en mi mente. Independientemente de ser creyente o no (lo soy), filosóficamente se trataba de un problema complejo. Lepp lo sabía y yo pronto me di cuenta de que tenía razón. A pesar del cariño que había cogido por la obra de Lepp y por su historia personal[2], me pareció una respuesta insuficiente. Honesta, pero insuficiente. El problema, para mí, se planteaba en estos términos: si bien comprendía, aceptando la tesis de la creación por amor, que existiese mal voluntario en la acción de las criaturas; no llegaba a comprender cómo podía existir un mal que ya no dependiese de la voluntad humana. ¿Qué significaba eso?, ¿que la naturaleza era independiente del creador?, ¿que los desastres que acababan con la vida de miles tenían que entenderse en el orden de los fenómenos y que, sin embargo, cuando la materia fuese moral sí habría que apelar a un Dios que participa del curso de la historia? Se trataba de problemas complejos para ese momento y lo siguen siendo ahora. Dudo mucho que se pueda dar respuesta a estas dificultades, pero sí sospecho que algunos años de formación filosófica pueden ayudar a echar algo de luz en este sombrío terreno.

Quería empezar con esta breve introducción personal porque confieso que a pesar del interés que fui generando por Leibniz a través de mi lectura durante el semestre, no me sentía suficientemente involucrado como para la redacción de un trabajo final. Las monografías han sido siempre para mí un ejercicio filosófico que he disfrutado mucho y en el cual he volcado mi reflexión no sólo del trabajo en un curso, sino de mi paso por la especialidad toda y de mis intereses más personales. No me pasaba eso con Leibniz, sentía que no había un problema que me incumbiese suficiente. Esa disyuntiva desapareció cuando noté con algo más de profundidad la complejidad de las implicaciones de su sistema. Leibniz había logrado despertar uno de los intereses más tempranos en mi reflexión filosófico-teológica y había avivado mis ganas de escribir nuevamente. Había encontrado en nuestro autor una aproximación sumamente interesante al problema que había hallado hace algunos años en mi lectura de Lepp y quería explorarla con la esperanza de obtener algunas respuestas o, al menos, destellos de luz. Mi acercamiento es básicamente filosófico: me interesa especulativamente el problema. No obstante, creo que como le pasaba también a Leibniz, guardo también una auténtica preocupación moral: cómo entender el problema del sufrimiento y del mal.

Expuestas así las motivaciones, pasemos a hablar ya más puntualmente del trabajo. Quiero dividir esta presentación de la siguiente manera. En un primer momento, me dedicaré a examinar las principales tesis de Leibniz que nos conducirán poco a poco al problema del mal (I). Para ello, será necesario dar un marco general, pero suficiente, del sistema leibniziano con la finalidad de ver cómo es que se ubica su teodicea en el mismo. En pocas palabras, hay que dar contexto a nuestra aproximación ya que sin ella Leibniz no parecerá más que el cándido que sugirió Voltaire[3] y bastante lejos de serlo se encuentra. Luego, me interesaría mostrar, ya más centrados en los argumentos concretos sobre esta materia, por qué, a pesar de la posible consistencia interna del argumento leibniziano, me parece que este no es del todo convincente o, en todo caso, incapaz de ofrecer una respuesta sostenible para el problema del mal desde la perspectiva fenoménica del hombre de fe (II). En tercer lugar, migraré por las razones expuestas en (II), a una aproximación posmoderna que me parece expone una percepción del problema algo más sugerente y, en ese sentido, es capaz de ofrecer una alternativa más interesante que la avalada por Leibniz (III). Finalmente, concluiré exponiendo un balance de la cuestión y aclarando el tipo de objeciones que pueden hacerse a la postura que ofrezco como vía alternativa (IV). Problematizaré, entonces, los alcances de esta visión posmoderna y pondré de manifiesto las que considero sus debilidades, para mostrar, sin embargo, por qué aún así prefiero optar por ella como alternativa de respuesta.


[1] Lepp, I. Psicoanálisis de la muerte. Buenos Aires: C. Lohlé, 1967.

[2] Cf. su interesante autobiografía: Lepp, I. De Marx a Cristo. Buenos Aires: C. Lohlé, 1968.

[3] Voltaire, François Marie Arouet de. “Cándido o el optimismo”. En: Cándido y otros cuentos. Madrid: Alianza Editorial, 1982. Traducción de Antonio Espina.

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